lunes, 10 de marzo de 2014

Para quienes buscan trabajo: los dos peores errores en el Curriculum Vitae

Un informe de la empresa de recursos humano Adecco sostiene que el 80% de las hojas de vida de los postulantes a un puesto laboral son descartados antes de pautar una entrevista.
Las dos principales fallas que hacen que las empresas descarten los currículos inmediatamente son falta de información y mala redacción.

Según la empresa, el hecho de que un postulante no incluya datos básicos como su teléfono, correo electrónico o nombre completo es un error grave a la hora de buscar empleo, así como también errores gramaticales y ortográficos en su hoja de vida.

Adecco recomienda que además de la información básica del candidato, en el resumen curricular se debe incluir  la formación académica y complementaria recibida y la experiencia profesional, así como el conocimiento de idiomas. 

También puede resultar positivo incorporar otros datos de interés, como la disponibilidad horaria, si se dispone de vehículo propio y siempre una fotografía actual del candidato.

viernes, 7 de marzo de 2014

4º año: "Cordero asado", de Roald Dahl

CORDERO ASADO

    La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
    Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
    De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
    Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
    Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
    — ¡Hola, querido! —dijo ella.
    — ¡Hola! —contestó él.
    Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
    — ¿Cansado, querido?
    — Sí —respondió él—, estoy cansado.
    Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
    Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
    —Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
    —Siéntate —dijo él secamente.
    Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
    —Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
    —Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
    Él no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
    —Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
    —No —dijo él.
    —Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
    Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
    —Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
    —No quiero —dijo él.

    Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
    —Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
    —No me apetece —dijo él.
    — ¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
    Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
    —Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
    —Vamos —dijo él—, siéntate.
   Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos.       
    Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
    — ¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
     Él se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
    —Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
    Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
    —Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
    Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
    —Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
    Esta vez él no contestó.
    Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
    Era una pierna de cordero.
    Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
    Se detuvo.
    —Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
    En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
    La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
    Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
    «Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»

    Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
    Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
    Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
    —Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
    —Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
    Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
    Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
    —Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
    — ¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
    —Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
    El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
    —Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
    — ¿Quiere carne, señora Maloney?
    —No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
    — ¡Oh!
    —No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
    —Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
    — ¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
    — ¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después?               ¿Qué le va a dar luego?
    —Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
    El hombre echó una mirada a la tienda.
    — ¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
    —Magnífico —dijo ella—, le encanta.
    Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
    —Gracias, Sam. Buenas noches.
    Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
    «Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
    Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
    — ¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

    Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
    Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
    — ¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
    — ¿Quién habla?
    —La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
    — ¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
    —Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
    —Iremos en seguida —dijo el hombre.
    El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
    — ¿Está muerto? —preguntó ella.
    —Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?
    Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
    Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
    Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
     __ ¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
    Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
    «..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»
    Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
    —No —dijo ella.
    No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
    —Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
    —No —dijo ella.
    Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
    La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
    —Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
    Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
    — ¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
    —No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
    — ¿Y un atizador?
    —No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
    La búsqueda continuó.
    Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
    —Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
    —Sí, claro. ¿Quiere whisky?
    —Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
    — ¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
    —Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
    Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
    El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
    —Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
    — ¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
    — ¿Quiere que vaya a apagarlo?
    — ¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
    Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
    —Jack Nooan —dijo.
    — ¿Sí?
    — ¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
    — Si está en nuestras manos, señora Maloney...
    —Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
    —Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
    —Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
    Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
    — ¿Quieres más, Charlie?
    —No, será mejor que no lo acabemos.
    —Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
    —Bueno, dame un poco más.
    —Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
    —Por eso debería ser fácil de encontrar.
    —Eso es lo que a mí me parece.
    —Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario.     
    Uno de ellos eructó:
    —Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
    —Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
    En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.




Roald Dahl

martes, 4 de marzo de 2014

4º año: lista de textos


LISTA DE TEXTOS con los que trabajaremos este año:

Roald Dahl: “Cordero asado”, de Relatos de lo inesperado.
Anónimo: “Romance del Enamorado y la Muerte”.
Gustavo Adolfo Bécquer: “Rima LII”, de Rimas y Leyendas.
Mario Benedetti: “Niñoquepiensa”
Gregorio de Laferrere: Las de Barranco.
Federico García Lorca: La casa de Bernarda Alba.

Anónimo: Lazarillo de Tormes.

martes, 29 de octubre de 2013

6º año: Presentación general del cuento

 “EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO”  G. García Márquez

Resumen de la presentación del cuento.
Año de composición: 1968. Primera publicación en libro: “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” (1972).
El título es emblemático, anticipa algo de lo que va a tratar el cuento, y también puede tomarse como epónimo desde el momento en que nombra a su protagonista.  Encierra la asociación de dos ideas bien distintas: “ahogado” y “hermoso”; son dos conceptos que no relacionamos habitualmente. La primera palabra sugiere imágenes desagradables, que no coinciden con la idea de belleza. Hay también una hipérbole; este ahogado es “el más hermoso del mundo”.
El tema principal es la creación de un personaje mítico, que transformará la vida del pueblo, sobre la base de un muerto desconocido. Se produce un doble descubrimiento: el del muerto como “persona” (con nombre, personalidad, familia…) y el del pueblo y sus habitantes, que toman conciencia de sí mismos. Otros temas son la muerte y el mar, ambos siempre presentes en los textos de este escritor.
En cuanto a la estructura, podemos encontrar una división tradicional en planteo (hallazgo y descripción del cadáver), desarrollo (creación de Esteban, comprensión de su infelicidad, invención de su pasado) y desenlace (funerales y propósitos de transformación del pueblo).
El narrador no participa de la acción (es externo) y conoce el interior de los personajes (omnisciente). En algún momento su voz se confunde con la de Esteban, y el texto pasa a un estilo indirecto libre (“en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello…”).
Los personajes son plurales, a excepción del ahogado. Se los ve casi siempre formando parte de una unidad compacta: los niños, las mujeres, los hombres. Ninguno de ellos tiene nombre, son innominados. El ahogado cobra vida (en sentido simbólico) al recibir su nombre (Esteban, que significa, en sus orígenes, “el que es coronado por la victoria”). El pueblo cobra un rol casi divino al dotar de vida a quien no la tiene, y justamente lo hace a través del acto de nominación. Desde el momento en que le adjudican un nombre comienzan a pensar al cadáver como si fuese alguien conocido, de quien saben (o creen saber) sentimientos, pasado, intenciones.
De la ubicación temporal del cuento poco podemos decir en concreto; no se mencionan años ni estaciones, ni se dan datos que lo circunscriban en el tiempo. La acción del cuento dura una tarde, la noche y parte del día siguiente. Pocas horas bastan para cambiar el presente y (tal vez) el futuro del pueblo, partiendo de la base del hallazgo de un cadáver sin pasado, al menos sin pasado conocido por los habitantes del pueblo.

El espacio se ubica en un pueblo pequeño, más bien una aldea (de “unas veinte casas”), modesto (casas de tablas, pescadores, muebles endebles), en “un cabo desértico”. El lugar del ahogado (muerto) es el agua, viene del agua, que tradicionalmente simboliza la vida, en tanto que el lugar de los habitantes (vivos) connota la muerte, da una idea de muerte. El paisaje es siempre árido (viento, rocas, sin flores, sin tierra, sin agua dulce). Hay una hipérbole en la idea de que el viento podría llevarse a los niños. La falta de tierra implica que los muertos se tiran al mar, “los muertos que iban causando los años”, es decir, los que mueren naturalmente. El mar los alimenta, es calificado de “manso” (poco peligroso) y “pródigo” (generoso).

miércoles, 16 de octubre de 2013

4º año "La casa abandonada", de Mario Levrero

LA CASA ABANDONADA
 
Ubicación
En una calle céntrica, poblada en general por edificios modernos, se ve, sin embargo, una vieja casa abandonada. Al frente hay un jardín, separado de la vereda por una verja; en el jardín, una fuente muy blanca, con angelitos; la verja parece una sucesión de lanzas oxidadas, unidas entre sí por dos barras horizontales; de afuera, se ve de la casa un ex-rosado, actualmente muy sucio y verdoso, que corresponde al frente, y algo de una persiana muy oscura.
Esta casa interesa solamente a algunas personas que caen bajo su influjo; estas personas, entre las que me incluyo, saben de algunas cosas que allí suceden.
 
Hombrecitos
De la pared de una de las habitaciones se ve sobresalir un par de centímetros de un caño que, probablemente, formara parte de la instalación de gas; con suerte o paciencia podrán observarse los hombrecillos, de unos once centímetros, que asoman por allí su cabecita y miran -como quien contempla por vez primera el mar desde un ojo de buey-; después tratan de salir, lo que les da mucho trabajo. Deben, en primer término, ponerse boca arriba, agarrarse luego fuertemente del borde superior del caño y, ayudándose con los músculos de los brazos, y también con las piernas, ir sacando el cuerpo afuera, poco a poco.
Quedan colgados, balanceándose ligeramente.
El hombrecito mira hacia abajo y se asusta, pues en lugar del piso ve un enorme agujero (es evidente que este tipo de maniobras ha concluido, a la larga, por romper el apolillado piso de madera). Al mismo tiempo podrán verse los ojitos redondos y brillantes de otro hombrecillo que, dentro del caño, espera su turno con impaciencia.
Aguantan todo lo que pueden, pero al fin llenan los pulmones como para una zambullida, y sueltan sus manos del borde del caño, y caen y caen.
Porque se espera, podrá tenerse -al cabo de un segundo- la sensación de que se oye algo; pero quien está acostumbrado al espectáculo reconoce que no se oye nada. Algunos imaginan un ruido blando, como el rebote de una pelota de goma; otros un crujido seco, óseo. Los imaginativos llegan a escuchar una pequeña explosión (como si se pisaran un fósforo, dicen, pero sin la llamarada siguiente); hay quienes, en este sentido, han llegado a hablar de implosión -basándose en que creen haber oído un sonido como el de una lámpara eléctrica que se rompe (haciendo abstracción del ruido del vidrio de la lámpara); hasta hay quienes dicen haber percibido claramente el quebrarse de un vidrio.
Hemos visitado el sótano, pero su perímetro parece no coincidir exactamente con el de la casa; no hemos visto ningún agujero en su techo que pueda corresponder al del piso de la habitación -por el que desaparecen los hombrecillos.
Pensamos que en algún lugar hay un creciente montón de cadáveres menudos; nos angustia no poder encontrarlo.
Yo, en las charlas de café, sostengo -aunque sin fundamento- la teoría de que los hombrecillos no mueren al caer y que, además, son pocos y eternos y siempre se repiten.
 
Arañas
Una de las cosas que llamó la atención a los descubridores y primeros fanáticos de la casa, fue la ausencia de arañas; se podía encontrar de todo, pero las clásicas arañas parecían completamente desinteresadas de un lugar tan apropiado. Esta errónea opinión fue corregida al visitar la despensa, una habitación contigua a la cocina.
Está llena de arañas.
Hay gran variedad de especies, formas, tamaños, colores, edades y costumbres; las telas forman un relleno, como una esponja, que ocupa toda la pieza; sin embargo, observando atentamente, se puede apreciar que no hay una sola tela que no guarde la debida distancia con otra -perteneciente a una araña rival-; solamente se permite (parece ser norma aceptada) usar una tela ajena como punto de apoyo, o de partida, para un hilo de la propia.
Reina una gran tranquilidad en la despensa; los bichos esperan. Algunos están en el centro de su tela, otros en algún lugar de la periferia, otros permanecen invisibles, otros como ausentes en el techo o en las paredes. No es una espera que provoque anhelo en el espectador.
Muchas arañas -en general, las más grandes- no tienen tela, sino una especie de nido en el piso; se ven con poca frecuencia. Salen especialmente en los días de mucho calor, o en ciertas noches, o en momentos en los que no vemos, realmente, ninguna razón para que salgan.
Creemos que están allí porque suponemos condiciones en extremo favorables: nos llama la atención, sin embargo, ese empecinamiento en no ocupar otros lugares de la casa. Hemos visto cómo algunas dudan en la puerta, y no salen; vemos salir a otras, para verlas de inmediato volver apresuradamente, como si las llamara una fuerza irresistible, o las empujara una especie de pánico.
En el estado de reposo, el conjunto de telas es, de por sí, un bello espectáculo, que va variando y enriqueciéndose con la respectiva variación de la luz que se filtra, por una pequeña ventana, a medida que el día avanza y muere; importan además la humedad ambiente, el estado de ánimo del espectador y algunos factores imponderables.
Cae un insecto en una de las innumerables trampas: entonces, vibra todo. (En ocasiones nosotros mismos llevamos moscas en un frasco y provocamos la acción, pero en general preferimos esperar que las condiciones se den por casualidad.) Al principio es una vibración leve, casi imperceptible, que el insecto produce en la tela y que ésta transmite a todo el sistema; el insecto se siente, sin duda, cada vez más angustiado, y sus movimientos por la liberación son cada vez más violentos; el sistema se conmueve y hay un oleaje de ritmo particular y ondas que regresan y se entrecruzan: es como si al tirar piedras al mar se pudiera apreciar el efecto no de una manera plana, sino espacial.
Luego intervienen las arañas: en primer término la dueña de la tela en que cayó el insecto, mientras su compañera sigue de cerca los acontecimientos; se aproxima a la víctima y comienza su trabajo de rutina. Este desplazamiento rápido y delicado, y esta tarea, producen en el conjunto un efecto distinto a los anteriores, y más acentuado; y más tarde son todas las arañas vecinas, que han sentido vibrar su tela y no han localizado a ninguna víctima, que se deslizan en todas direcciones, buscando y buscando, espiando hacia otras telas, quizás enfureciéndose al comprobar finalmente que no hay nada.
Es en este momento que el espectáculo adquiere todo su esplendor; aquí caemos, embelesados, en una especie de trance; algunos han llegado a bailar (porque hay un ritmo, y cada vez más alocado), otros se tapan los ojos porque no lo resisten.
Personalmente he tenido que detener a quien, como hipnotizado, trató de meterse allí dentro (supe que se suicidó, tiempo después, de noche, en el mar).
He dicho que a las arañas les cuesta salir de allí, y que nunca lo hacen por mucho tiempo ni a grandes distancias; hay excepciones.
 
Pic-nics
Descubrimos por casualidad que, bajo el papel rosado que cubre las paredes del dormitorio, había otro empapelado; inmediatamente se formó un equipo -dirigido por Ramírez- y al cabo de unas cuantas noches de cuidadoso e intenso trabajo logró quitarse totalmente el rosado y dejarse a la vista el precedente: predominaban los tonos verdes.
Se trataba de un hermoso paisaje campestre, de un realismo impresionante: casi podíamos respirar el sano y vigoroso aire de campaña. Las partes dañadas fueron restauradas con maestría por Alfredo (un tipo callado, de bigotes en quien no sospechábamos ninguna habilidad).
Al influjo del empapelado descubierto debimos organizar pic-nics durante varios domingos; nos levantábamos temprano y llegábamos con canastas y sillas plegables; Juancito, dependiente de un almacén, conseguía una heladerita de cocacola; había vino tinto, un tocadiscos a pila, niños con redes para cazar mariposas, mariposas -facilitadas por un compañero entomólogo, a condición de ser devueltas intactas-, vestidos de alegres colores, parejas de novios, hormigas, alguna que otra araña pequeña (que sacábamos por un rato de la despensa) y otras cosas.
Lo principal resultó ser un invento del Chueco, que era obrero de la construcción en ratos libres: un asador estilo criollo que funcionaba a supergás y eliminaba el humo por algún procedimiento. Aunque sin interés funcional, era también muy apreciado el árbol fabricado por Alfredo con una fibra sintética.
Yo me sentaba en el suelo, en un rincón, a tomar mate; no aprecio los pic-nics, pero el espectáculo me enternecía.
 
Ello
Algo late, algo crece en el altillo.
Se sospecha verde, se teme con ojos.
Se presume fuerte, blando, traslúcido, maligno.
No debemos, no queremos, no podemos verlo.
Para hablar de ello solamente usamos adjetivos, y no nos miramos a los ojos.
No usamos la crujiente escalera; no nos detenemos a escuchar junto a la puerta; no tomamos el picaporte y lo hacemos girar; no abrimos la puerta del altillo.
 
Mujercitas
Para ver a los hombrecitos que salen del caño del gas hay que esperar y esperar; en cambio, basta llenar la pileta del cuarto de baño con agua tibia y abrir la canilla, y antes de un minuto ya empiezan a salir las mujercitas. Son muy pequeñas y están desnudas; no se cohíben por nuestra presencia, por el contrario nadan libremente, juegan en el agua, trepan a una jabonera de plástico que ponemos allí expresamente y se tienden como al sol; sin excepción son bellísimas, sus cuerpos son esplendorosos y excitantes, se zambullen y nadan por debajo del agua, y juegan en el agua, y vuelven a trepar a la jabonera y a tenderse como al sol.
Entre todas, llegado el momento, tiran del tapón de la pileta y se dejan deslizar por el desagüe.
(Hay una de ojos verdes que es la última en irse, me mira, se va como con lástima.)
 
Una excepción
Una tarde Ramírez -contador de una fábrica de cierta importancia- regresaba a su hogar, después de haber estado investigando, con nosotros, los empapelados superpuestos del dormitorio grande de la casa abandonada (fue él quien llegó a analizar la quinta capa, deduciendo el total -acertadamente, según pudimos comprobar después-, a partir de cinco centímetros cuadrados visibles; por razones obvias -debo recordar al lector que varias damas componen nuestro grupo-, no entró en detalles, pero aseguró que se trataba de una escena erótica, prácticamente pornográfica -lo que nos dio la pauta de la función de prostíbulo que, alguna vez, cumplió la casa); una señora muy anciana corrió detrás suyo un buen trecho, hasta alcanzarlo y explicarle, con voz cortada por la sofocación y la angustia, que llevaba detrás, en el saco, cerca del cuello, una araña muy negra de casi cinco centímetros de diámetro.
Cuando lo invitábamos telefónicamente a ir a la casa abandonada, Ramírez ponía excusas; finalmente nos contó la historia y lo comprendimos.
Dice que cuando la vieja consiguió hacerse entender, él no tuvo presencia de ánimo para quitarse el saco; más bien huyó de su interior, y la prenda quedó un instante en el aire, vacía de hombre; Ramírez cuenta que oyó recién a una media cuadra del lugar el ruido sordo que hizo el saco al caer pesadamente al suelo.
 
Derrumbe
Mucho me atrae de la casa su sereno e infatigable derrumbe: mido las rajaduras y constato su avance, los bordes negruzcos de las manchas de humedad que se extienden, los trozos de revoque que se van desprendiendo de las paredes y el techo, y una inclinación general, casi imperceptible, de toda la estructura hacia el lado izquierdo; derrumbe inevitable, y hermoso.
 
El jardín
No logramos ponernos de acuerdo en el asunto del área del jardín. Coincidimos, sí, en que, visto desde la vereda, o desde el sendero que lo divide en dos y conduce a la casa, aparenta tener unos ochenta metros cuadrados (m 8 X m 10); la discusión comienza a partir del momento en que uno se interna entre sus yuyos, sus yedras, sus plantas sin flores, sus insectos, los caminos de hormigas, las lianas y los helechos gigantes, los rayos de sol que se filtran, de trecho en trecho, a través de las copas de los altísimos eucaliptos; las huellas de los osos, el parloteo de las cotorras, las serpientes enroscadas en las ramas -que alzan la cabeza y silban cuando pasamos cerca-; el calor insoportable, la sed, la oscuridad, el rugido de los leopardos, el abrirse paso a machete, las altas botas que llevamos, la humedad, el casco, la lujuriosa vegetación, la noche, el miedo, el no encontrar la salida, no encontrar la salida.
 
La búsqueda
Casi nadie, entre nosotros, puede prescindir de la idea de que la casa guarda un antiguo y fabuloso tesoro; está formado por piedras preciosas y por gruesas y pesadas monedas de oro. No existen planos, ni referencias de ningún tipo que justifiquen la idea. Yo me cuento entre los más escépticos, aunque muchas veces me permito caer en la tentación de soñar, y hasta llego a imaginar astutos rincones insospechados que puedan contener el tesoro. Me distingue del resto el no buscarlo, ni cuando estoy a solas (como me consta que hacen muchos) ni en las búsquedas oficiales.
Disfruto mucho de estas búsquedas. Me ubico en un perezoso que traigo especialmente de mi casa, y que coloco en un lugar apropiado -generalmente en la sala central-; observo, mientras tomo mate y fumo unos cigarrillos, cómo se reparten metódicamente -las señoras en la casa, los hombres por el sótano- y buscan; las señoras, con sus alegres vestidos, revuelven entre escombros o en los forros de los muebles (sonrío cuando las veo buscar en muebles que, ellas lo saben, fueron traídos por nosotros como material para los huracanes); los hombres, de uniforme azul, golpetean las paredes del sótano buscando un sonido hueco, o distinto; pero todos los sonidos son huecos, y distintos entre sí, y se forma una música que me recuerda la que se toca golpeando botellas, llenas de líquido a distinto nivel; al rato parece que todo encaja y la música se torna muy rítmica y las mujeres suben y bajan y buscan y parece que estuvieran bailando y pienso nuevamente en las botellas musicales, ahora conteniendo licores, todos de distinto color, todos transparentes y dulces.
 
Lombrices
Tuvo que ser una mujer, Leonor -esa solterona maniática que, no sé por qué, se unió a nuestro grupo (le teme a la casa) - la que abriera la canilla del bidé; se sabe que el agua corriente está cortada, que es peligroso andar abriendo canillas sin avisar, que por la de la pileta salen mujercitas, por la de la bañera aquella cosa gomosa amarillenta -que se infla como un globo y no deja de inflarse hasta cerrar la canilla (entonces se desprende y flota un rato a nuestro alrededor, luego se eleva y se pega contra el techo, y allí queda; un día entramos y ya no está más)-; que haciendo funcionar la cisterna, por el antiguo procedimiento de tirar de una cadena en cuyo extremo hay un mango de madera, se deja oír ese tremendo alarido, interminable, que pone la piel de gallina y nos hace temer quejas de los vecinos.
Oímos un grito que confundimos con este alarido pero no, era Leonor, que luego vino corriendo y nos señaló el baño, y fuimos y vimos esa lombriz negra y fina -que salía por uno de los agujeritos del bidé y no dejaba de salir, y ya alcanzaba el metro y medio fácil de largo-; esperamos, a ver si se terminaba, pero seguía saliendo y arrastrándose por el piso, apuntando ya hacia otras habitaciones.
La cortamos en pedazos y cada uno siguió completamente vivo, moviéndose y escapándose; tuvimos que barrerlos y tirarlos por la rejilla, y aquello seguía saliendo y pronto empezaron a asomar nuevas puntas por otros agujeritos; tratamos de cerrar la canilla pero se había trabado, y nadie se animaba a cambiarle el cuerito, y menos aún a llamar a un plomero, y ya pensábamos que no había más remedio que clausurar también el baño y perder para siempre el espectáculo de las mujercitas (se acusó a Leonor de haberlo hecho a propósito), pero alguien tuvo la idea (y el coraje) de inducir a las respectivas cabezas a meterse en el agujero del desagüe del propio bidé; esto pareció caerles bien a las lombrices porque siguieron saliendo y entrando y así sigue, esa cosa continua y aparentemente interminable; quien ignore la historia y mire el bidé, creerá ver una extraña lluvia horizontal de agua negra y brillante.
 
Huracán
Es un agitarse de cenizas y de puchos en la estufa del comedor; entonces conviene irse, o encerrase en el dormitorio o, en último caso, quedarse allí, apretado en un rincón, la cabeza entre las rodillas y las manos cubriendo la cabeza.
La tierra, los papeles, algún objeto, comienzan a girar lentamente -como hojarasca- en el centro de la habitación. Hay un descenso brusco de temperatura y el viento sopla cada vez más fuerte, y todo se va arremolinando, todo hacia el centro, y los muebles son arrastrados y las paredes tiemblan, y se precipita la caída del revoque, y la tierra nos ahoga y nos irrita los ojos, y tenemos sed; quien no se previene es atrapado, y gira y gira; sale a veces despedido contra alguna pared, con violencia, y rebota y vuelve nuevamente al centro y así hasta morir y hasta después de muerto.
Cuando vuelve la calma, salgo del rincón y me paseo por entre los escombros, los floreros rotos, los muebles dados vuelta: todo está hermosamente fuera de sitio, el comedor queda como cansado, como si hubiera vomitado.
Se respira, parece, más libremente.
 
El unicornio.
Se cree que es la hierba lo que lo atrae; por supuesto que no hay ninguna certeza en torno a este asunto, y nuestras teorías no tienen mayor fundamento científico. Pero es interesante anotar algunos datos.
Hemos clasificado a la hierba (trabajo realizado por Ángel, el vegetariano) como una variedad criolla -que parece darse sólo en este jardín- de la Martynia lousiana, que crece en América del Norte; tiene flores grandes, amarillentas, moteadas de violeta. Una vez al año da fruto: una cápsula terminada en punta, con forma de cuerno.
De ahí su nombre popular, Planta Unicornio, y de ahí -según nosotros- la visita anual del animal a nuestro jardín.
A pesar de la paciente vigilancia no lo hemos visto; pero hemos visto, sí, la hierba comida, recortada por dientes, hemos visto un orificio en la tierra -como producido por la punta torneada de un paraguas-, en el borde elevado del charco de agua; hemos visto las huellas de patas de caballo, hemos encontrado bosta fresca, hemos oído una noche flotar un suave relincho, hemos hallado a la mañana siguiente a Luisa -de dieciséis años, que se había plegado a nuestro grupo días atrás-, con el pecho atravesado por un enorme único agujero, desnuda, monstruosamente violada.
 
Eres un vendedor a domicilio; correteas libros o afiliaciones a sociedades médicas. Llamas a todas las puertas, tratas de introducirte en todas las casas.
Es de tarde. Ves unas rejas y dudas un instante; eres decidido, y ese jardín descuidado no te desilusiona. Empujas el portón, atraviesas el sendero que divide al jardín en dos mitades, te paras junto a la puerta y buscas el timbre.
No lo encuentras, pero sí un llamador de bronce; representa una mano, de largos y finos dedos -con un gran anillo en el mayor- a la que falta, no por rotura sino por intencionada fabricación, un par de falanges del índice. Tu mano, al reparar en esta ausencia, se detiene; pero recuerdas algunas lecciones de la escuela de vendedores, y algunos casos anteriores de los que tienes experiencia personal, y completas el movimiento: tomas el llamador, lo levantas -haciéndolo girar sobre su bisagra- y lo dejas caer una, dos, tres veces sobre su base -también de bronce-; adentro, el sonido retumba.
Esto te confunde; nosotros, gracias a tristes experiencias, sabemos bien que los ecos que el llamado despierta en la casa son múltiples y extraños y que, invariablemente, dan la sensación de una voz ronca y pastosa que insiste para que abras la puerta y entres. Tu confusión dura poco tiempo: tomas por realidad tu esperanza y cometes el tremendo error.
Cuando llegamos encontramos sobre alguna silla, o en el suelo, tu portafolios; no necesitamos abrirlo para saber a qué te dedicas. Nos reunimos en el comedor y hacemos un minuto de silencio.
Alguien, siempre, deja caer una lágrima.
También alguien, siempre, propone denunciar el caso a las autoridades; lo convencemos de que no ganaría nada y perderíamos, en cambio, la casa; entonces aparece quien sugiere colocar en la entrada un cartel de advertencia.
Los más viejos debemos explicar, una vez más, que sería éste el sistema más indicado para aumentar las víctimas y que, tarde o temprano, los tontos curiosos terminarían por desalojarnos.
Coincidimos finalmente todos en que estos casos son lamentables, que no está en nuestras manos evitarlos; al final, cansados de tantas escenas tristes, cargos de conciencia y discusiones vanas, tomamos el asunto un poco en broma y decimos que, después de todo, en este mundo sobran vendedores a domicilio.
Luego, sin solemne ceremonia, alguien toma tu portafolios y lo arroja al aljibe del fondo.
 
Hormigas
En el jardín hay, por supuesto, variedad de hormigas y, periódicamente, detectamos con alegría un nuevo hormiguero; allí plantamos una banderita colorada. Hemos notado que hay hormigas que se dirigen, por grietas, hacia algún lugar situado debajo de la casa, en los cimientos; creemos que esto contribuye a ese derrumbe lento.
Nos ocupamos de cuidar las plantas más importantes, podándolas y dando a las hormigas el material de desecho; el filósofo objeta que contribuimos a la decadencia de las especies, porque facilitamos su tarea y reducimos, gradualmente, su capacidad de trabajo; hay una señora que opina que deberíamos, sencillamente, eliminarlas con gamexane -pero se sabe que este sistema es ilusorio.
Es distinto lo que ocurre dentro de la casa; también hay hormigas, pero no se las ve realizar la más mínima tarea; se las encuentra siempre en forma aislada de cualquier grupo, en actitud contemplativa (o recorriendo desganadamente una pared o una tabla del piso). Hemos descubierto que son pocas, que viven solas -en alguna grieta, en un rincón cualquiera-, que se alimentan de pequeñas cosas que encuentran (jamás las hemos visto almacenar); ocasionalmente se las ve en parejas, pero se trata de relaciones poco estables.
Hay una -la hemos distinguido con un poco de pintura blanca en su parte posterior-, que durante varios días junta infatigablemente palitos y otros objetos menudos; con eso construye algo que no es un nido, que no sabemos lo que es, que para la hormiga parece no tener aplicación práctica. Ella lo recorre extasiada, luego lo olvida y vuelve, durante un tiempo, a su actitud contemplativa. Si por casualidad, o por descuido, la construcción es destruida -aunque sea parcialmente-, la hormiga se enfurece y anda enloquecida durante horas.
Archie, el ingeniero -que ha hecho un estudio minucioso-, opina que es una gigantesca obra de ingeniería; dice que es imposible realizar una construcción similar sin un profundo conocimiento de matemáticas; hizo algunos apuntes que, cree, le servirán para revolucionar los sistemas de construcción de puentes; afirma que la hormiga actúa por reflejo y construye puentes allí donde no hacen falta.
Yo pienso que no son puentes; tengo mis ideas al respecto. Todos usan lupas, todos van al detalle y elogian la minuciosidad del trabajo y el equilibrio de los palitos; yo prefiero mirar el conjunto y decir que es hermoso y que su forma recuerda, en cierto modo, la de una hormiga.
 
Mario Levrero

martes, 15 de octubre de 2013

6º año: segunda prueba

TRABAJO FINAL (para todos):
Deben (solos o en grupos de hasta 4 personas) elegir un escritor del siglo XX o XXI, no uruguayo ni del presente curso, para presentar a la clase en un oral, preferentemente con apoyo audiovisual (fotos, carteleras, música, video, power point, etc.). Sería bueno que trajeran fotocopias con el texto para repartir a los compañeros (al menos unas cuantas, para compartir). Deberán hacer un resumen de su vida y obra y luego centrarse en el análisis literario de un fragmento de un texto de dicho autor. El tiempo de presentación no excederá los 20 minutos, y las fechas se acordarán en clase con cada sub-grupo. No es imprescindible que hablen todos los participantes; la organización del oral queda a voluntad de los estudiantes.


De acuerdo al rendimiento del año, pasado el escrito de Bradbury, cada alumno está al presente formando parte de uno de estos tres grupos:
A) Quienes tienen nota 7 o más
B) Los que están entre 5 y 6
C) Aquellos que no llegaron al 5

Para quienes tienen 7 o más el trabajo antes explicado ES la segunda prueba.

Los que tienen 5 o 6 hacen el trabajo y además un escrito de evaluación de la última unidad dada: narrativa latinoamericana del siglo XX, características de la obra de G García Márquez y "El ahogado más hermoso del mundo". La nota de la segunda prueba será un promedio de las calificaciones de ambos trabajos.

Los que tienen de 1 a 4 hacen un escrito sobre la última unidad, narrativa latinoamericana del siglo XX, características de la obra de G García Márquez y "El ahogado más hermoso del mundo" y también sobre narrativa del siglo XX, ciencia ficción y "La pradera". La nota de la segunda prueba será un promedio de las calificaciones de ambos trabajos.

Ambos temas de información quedaron para fotocopiar en la cantina del liceo y también están en este blog.

El día de la prueba, mientras los estudiantes que tienen 6 o menos hacen el escrito, los otros realizan fuera del salón una tarea grupal propuesta en el momento por la profesora, con el cuaderno.

Cualquier duda: laprofedelit@gmail.com
Saludos.


viernes, 11 de octubre de 2013

4º año: Trabajo sobre un autor uruguayo




Tarea para preparar en forma individual o en grupos de hasta tres integrantes.
La fecha de presentación de la misma se determinará en cada grupo.

1) Elegir un escritor uruguayo que no hayan estudiado en Literatura de tercer año y uno de sus textos, que sea breve (cuento, poema, letra de canción). 
2) Presentarlo al grupo oralmente, con ayuda de algún medio audiovisual (como fotos, cartelera, música, power point, esquema en el pizarrón, fotocopias para repartir, representación teatral).
3) Realizar una aproximación al análisis literario del texto elegido (según de qué se trate pueden considerar cuáles son sus temas, cómo son su título, narrador o yo lírico, estructura, recursos literarios, etc).

Ningún grupo puede pasar de 20 minutos, por razones operativas, de manera que sería bueno que de antemano calcularan el tiempo que les llevará la tarea. No hay mínimo de tiempo previsto.
No tienen por qué exponer todos los integrantes; cada grupo decide cómo se organiza el día que les toque disertar sobre el tema. 

Si hay dudas, recuerden: laprofedelit@gmail.com
Saludos a todos.