sábado, 4 de octubre de 2025

Ida Vitale (poeta uruguaya, siglos XX-XXI)

 



Algunos de sus poemas:

https://www.culturagenial.com/es/ida-vitale-poemas/


Algo de su vida:

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/vitale_ida.htm

Gioconda Belli (escritora nicaragüense, siglos XX-XXI)




Gioconda Belli (Nicaragua, 1948)


Esta nostalgia


Este sueño que vivo,

esta nostalgia con nombre y apellido,

este huracán encerrado tambaleando mis huesos,

lamentando su paso por mi sangre...

No puedo abandonar el tiempo y sus rincones,

el valle de mis días

está lleno de sombras innombrables,

voy a la soledad como alma en pena,

desacatada de todas las razones,

heroína de batallas perdidas,

de cántaros sin agua.

Me hundo en el cuerpo,

me desangro en las venas,

me bato contra el viento,

contra la piel que untada está a la mía.

Qué haré con mi castillo de fantasmas,

las estrellas fugaces que me cercan

mientras el sol deslumbra

y no puedo mirar más que su disco

-redondo y amarillo-

la estela de su oro lamiéndome las manos,

surcándome las noches,

desviviéndome,

haciéndome desastres...

Me entregaré a los huracanes

para pasar de lejos por esa luz ardiendo.

Estoy muriéndome de frío.


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Mi amor es así...


Mi amor es así,

como este aguacero,

rebotando contra el pavimento,

pintando de verde el campo,

tapa-cielos,

tenaz,

mójalo todo,

Se me riega por dentro

y lo siento latir en la yema de los dedos

cuando quiero tocarte

y no te tengo cerca.

Como este aguacero, amor,

me vuelvo un montón de agua entre tus brazos

ando desbocada por tu cauce

me hago arroyuelo en el pelo de tu pecho.

Así como esta lluvia,

me desbordo en palabras

para contarte todos mis quehaceres,

para meterte en todos los rincones de mi día,

en todos los aleros de mis horas.

Salto desde tus brazos,

como la lluvia que se derrama de los techos

y me duele la carne de querer prolongarte

de querer florecer la semilla en mi vientre

y darte un hijo hermoso y vital

como este invierno


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Más poemas: https://rialta.org/nueve-poemas-para-parir-el-alba-con-gioconda-belli/

César González (poeta y cineasta argentino, siglo XXI)




César González, pseudónimo Camilo Blajaquis (Argentina, 1989)


Miedos


somos según el día y la hora

la cruel totalidad del miedo

o la sagrada plegaria de la bondad

la incertidumbre más insensata

o un misterio eternamente reciclable

la masividad actualizada

o ingeniosos reformistas del amor

egoístas por rutina

o poetas que hacen llover en el infierno.


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Desconfianza


¿Y si me pongo a gritar y no te bailo el olvido?

¿ Y si te niego el licor que embriaga las ideas?

¿Y si te escupo el uno en un millón?

¿Y si mi presencia inquieta todos tus planes?

¿Y si mi corazón vomita todo tu veneno?

¿Y si no me matás y quedo en eterna agonía?

¿Y si te devuelvo con abrazos todas tus piñas?

¿Y si mis odios no te tienen en su lista?

¿Y si me recibo de irreversible?

¿Y cuando el premio ya no sea el castigo?

¿Y qué onda si soy un caso muy extraño?

¿Y qué onda si estoy orgulloso de tu desprecio?

¿Y si lo más inspirador fuera tu desconfianza?

¿Y qué onda si mis preguntas sorprenden también a mi pasado?


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Ciudad panóptica


El escenario es un colectivo

el aire que se respira es tristeza

no hay peor cárcel que la mirada del otro.

Miran por la ventanilla

y sus miradas se pierden.

Desean ser otra cosa

pero les divierte este caos.

Llego a mi destino y me bajo.

Me espera una reunión de

intelectuales de turno.

Sus ideas agarraron un piquete

a mí los piqueteros me dejaron pasar.

Antes que ahogarme decido marcharme.

Vuelvo al lugar donde mejor me refugio

busco esa cueva donde nadie me encuentre.

Ahí, donde puedo ser.

Ahí, donde no obedezco.

En la soledad, en el único consuelo.

Lo que observo es que hay mucho anhelo

se anhelan caricias, se anhela verdad.

Hasta las veredas sufren por

esa multitud que se queja de la lluvia

porque moja su ropa nueva

porque los retrasa en el trabajo.

Aunque el mundo es más grande de lo que dicen

percibo que nos achicaron el tiempo...


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Nueva vida


¿Es real esto que veo?

toda la madrugada esperé despertarme,

me pellizqué, me di un baño con agua fría y nada...

sigo acá.

¿Cómo se atreve el encierro a abandonarme así?

Libertad penal, pero hermosa libertad.

Libertad a medias pero resplandeciente libertad.

Estoy desacomodado, realmente me cuesta creer que la celda quedó atrás.

Lo mas extraño de estas vírgenes sensaciones es que es la primera vez

que escribo en compañía de los arboles, abrazado a los rayos del sol

y con un recital de pájaros de fondo.

La ciudad me regala una mirada agria, casi sanguinaria,

pareciera que los edificios me vigilan.

Pero para quien se había olvidado su sabor

el aroma del asfalto produce

una sobredosis de alegría en mis arterias.

disculpen... necesito enjuagar mis ojos

El día llegó,

vuelvo a ser esclavo de la velocidad del mundo.


Nadia Anjuman (poeta afgana, siglo XXI)




Textos: 

https://poetryalquimia.org/2018/12/27/3-poemas-de-nadia-anjuman/


Biografía:


https://elvuelodelalechuza.com/2021/08/26/historia-de-una-revuelta-embozada-nadia-anjuman-y-la-poesia-femenina-en-afganistan/


Situación de la mujer en Afganistán:

https://www.unwomen.org/es/noticias/reportaje/2025/07/las-mujeres-afganas-siguen-luchando-desde-adentro-la-lucha-por-los-derechos-bajo-el-regimen-taliban

La grulla de papel, de Hernán Casciari (escritor argentino, siglo XXI)

La grulla de papel


La primera vez que Gabriel entró al cuarto de Milagros fue para acostarse con ella. Los dos estaban en ese punto de la relación en donde solamente queda la confirmación de la piel para saberse del todo compatibles. Estaban los dos en estado salvaje.

Cuando él empezó a desnudarla ella supo que caerían en la cama por inercia, pero Gabriel vio algo en la biblioteca de la chica, una grulla de papel, chiquita, y se detuvo. El inicio del sexo quedó en pausa.

—¿De dónde sacaste esto?

Fue extraño el cambio de actitud de él, como si de repente el cuerpo de Milagros no fuese lo más importante de la habitación. Ella le dijo: 

—¿La grulla? Me la encontré en un colectivo… Vení.

Pero Gabriel no le hizo caso y se acercó al origami. Milagros se sintió incómoda. 

—¿La puedo desarmar? —preguntó él. 

—¿A la grulla?

—Sí. A la grulla. 

—Obvio, sí, hacé lo que quieras —dijo ella, y sospechó que quizás él estuviera disimulando una eyaculación precoz. Le miró el pantalón, pero no era eso.

Entonces se cruzó de brazos, en actitud alerta. No supo si debía sentirse ofendida o con miedo. ¿Había metido en su casa a un loco? 

Él tomó la grulla con suavidad, en la palma de la mano, y la observó de cerca, con la actitud de los relojeros. Puso la grulla sobre la cama. Miró a Milagros a los ojos y le dijo: 

—Si esta grulla está hecha con un boleto del colectivo 211 que va de Santa Clara a Mar del Plata, a esta grulla que vos tenés en un estante de tu pieza… la hice yo. 

Y entonces Milagros supo que no estaba frente a un loco, ni frente a un eyaculador precoz. Estaba frente al amor de su vida. 

Había tenido otros novios antes, pero a todos siempre les faltaba algo y ella nunca sabía qué. O todavía peor: le buscaba razones absurdas a la ausencia del amor. Si eran lindos, no eran graciosos. Si tenían plata, la trataban como a una cosa. Si eran graciosos, eran feos. Si no tenían un peso había que pasarlos a buscar. Si cogían bien eran infieles. Si eran fieles, se aburría. Incluso una vez se encontró con un que era feo, pobre, infiel y aburrido, todo junto.

Pero ella siempre supo que todas esas características fallidas de sus parejas eran, en realidad, un problema de ella. Ahora, de repente, había en su habitación un chico ni lindo ni feo, ni rico ni pobre, que sin decir nada le empezaba a explicar qué le había faltado a ella toda la vida.

Le había faltado una gran historia para el inicio del amor.

Una historia que responda muy bien al «cómo se conocieron». Que esa respuesta no sea la de siempre: en un boliche, en el trabajo, me mandó un fueguito, era el hermano de mi amiga, en Tinder… Estaba harta de esos inicios mediocres. Necesitaba algo mejor para contarle a sus hijos. 

En ese segundo, mientras Gabriel desarmaba la grulla, ella ya había armado el relato en su cabeza. Se lo contaría a sus dos hijos a la vez, una tarde de lluvia en la cocina: 

«Papá y yo descubrimos que meses antes de conocernos nos habíamos subido al mismo colectivo a destiempo. Él un poco antes y yo un poco después. Papá venía de una feria de artesanos y le habían enseñado a hacer grullas de origami. Intentó la primera de sus grullas mientras volvía, con el boleto blanco del colectivo y, cuando se tuvo que bajar, dejó a su grulla en la ventanilla. Yo me subí a ese mismo colectivo media hora después y me senté en el mismo asiento que se había sentado papá; vi la grulla, por alguna razón me gustó mucho, y me la traje a mi casa. La puse en mi biblioteca y después pasó el tiempo. Un mes. Dos meses. Cuatro. Nadie nunca notó la existencia de esa grulla de papel, hasta que un día lo conocí a papá en un trabajo y lo invité a mi casa a tomar mates. Él entró él a mi habitación. Yo ya estaba muy enamorada, y él también, pero nunca habíamos tomado mate, y esa noche se dio. Cuando le di el primer mate vio que yo tenía una grulla en la biblioteca, y ahí supimos que nuestro amor tenía que ocurrir. Y que ustedes, amores míos, son hijos de esa línea de tiempo y de un destino implacable que se empecinó en que papá y mamá se conocieran».

Milagros vio y escuchó toda esa escena con sus hijos, la lluvia y la luz cálida de la cocina, y hubiera seguido, pero la interrumpió la voz de Gabriel, con la grulla ya desarmada, que le dijo:

—¿Sabés que sí? Es el mismo colectivo, pero vos viajaste un sábado, y yo un domingo. No es mi grulla, debe ser de algún otro hippie que también anduvo aprendiendo origami en la feria.

Milagros se puso pálida, se acercó a Gabriel y le dijo:

—Oíme bien lo que te voy a decir. Desde este momento, esa es tu grulla… y esto es lo que vamos a contar, porque yo no tengo la culpa de que vos hayas llegado un día tarde a la historia perfecta. ¿Me escuchaste, no?

Gabriel la besó con fuerza y supo que estaba frente al amor de su vida.


Hernán Casciari

7 marzo, 2025

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A este cuento hay que analizarlo en relación al siguiente video, desde el minuto 46 hasta el 58:

https://www.youtube.com/watch?v=xwMX1nZma6c

O buscan en Youtube: Vientre subrogado, la grulla azul, la suerte de Kokura: inspiración para Casciari #Perros2025


Si quieren escuchar el cuento leído (muy bien leído) por el autor (son 6 minutos):

https://www.youtube.com/watch?v=xAy7bsfesXQ&t=1s







Presentación del libro: 

Este libro es un desafío: Casciari debe escribir un cuento nuevo todos los viernes por la mañana, con el obstáculo de una serie de reglas inquebrantables y un montón de personas observando para que no haga trampas.

Las reglas

Casciari no puede pensar en el cuento antes, ni tener borradores preparados, ni recurrir a su memoria emotiva, porque el tema de cada relato es aportado por oyentes de la radio argentina Urbana Play. Una vez recibidos todos los ingredientes de la trama, Casciari tiene una hora y media para redactar, corregir y editar cada historia. Y otra media hora para leer el resultado en voz alta frente al micrófono del programa Perros de la calle. Este libro será el resultado de ese esfuerzo literario inútil.


Por info de Casciari: 

https://hernancasciari.com/blog/

La conciencia, de Ana María Matute (escritora catalana, siglo XX)




La conciencia

Ana María Matute


Ya no podía más. Estaba convencida de que no podría resistir más tiempo la presencia de aquel odioso vagabundo. Estaba decidida a terminar. Acabar de una vez, por malo que fuera, antes que soportar su tiranía.

Llevaba cerca de quince días en aquella lucha. Lo que no comprendía era la tolerancia de Antonio para con aquel hombre. No: verdaderamente, era extraño.

El vagabundo pidió hospitalidad por una noche: la noche del miércoles de ceniza, exactamente, cuando se batía el viento arrastrando un polvo negruzco, arremolinado, que azotaba los vidrios de las ventanas con un crujido reseco. Luego, el viento cesó. Llegó una calma extraña a la tierra, y ella pensó, mientras cerraba y ajustaba los postigos:

-No me gusta esta calma.

Efectivamente, no había echado aún el pasador de la puerta cuando llegó aquel hombre. Oyó su llamada sonando atrás, en la puertecilla de la cocina:

-Posadera…

Mariana tuvo un sobresalto. El hombre, viejo y andrajoso, estaba allí, con el sombrero en la mano, en actitud de mendigar.

-Dios le ampare… -empezó a decir. Pero los ojillos del vagabundo le miraban de un modo extraño. De un modo que le cortó las palabras.

Muchos hombres como él pedían la gracia del techo, en las noches de invierno. Pero algo había en aquel hombre que la atemorizó sin motivo. El vagabundo empezó a recitar su cantinela: “Por una noche, que le dejaran dormir en la cuadra; un pedazo de pan y la cuadra: no pedía más. Se anunciaba la tormenta…“.

En efecto, allá afuera, Mariana oyó el redoble de la lluvia contra los maderos de la puerta.

Una lluvia sorda, gruesa; anuncio de la tormenta próxima.

-Estoy sola -dijo Mariana secamente-. Quiero decir… cuando mi marido está por los caminos no quiero gente desconocida en casa. Vete, y que Dios te ampare.

Pero el vagabundo se estaba quieto, mirándola. Lentamente, se puso su sombrero, y dijo:

-Soy un pobre viejo, posadera. Nunca hice mal a nadie. Pido bien poco: un pedazo de pan…

En aquel momento las dos criadas, Marcelina y Salomé, entraron corriendo. Venían de la huerta, con los delantales sobre la cabeza, gritando y riendo. Mariana sintió un raro alivio al verlas.

-Bueno -dijo-. Está bien … Pero solo por esta noche. Que mañana cuando me levante no te encuentre aquí…

El viejo se inclinó, sonriendo, y dijo un extraño romance de gracias.

Mariana subió la escalera y fue a acostarse. Durante la noche la tormenta azotó las ventanas de la alcoba y tuvo un mal dormir.

A la mañana siguiente, al bajar a la cocina, daban las ocho en el reloj de sobre la cómoda.

Solo entrar se quedó sorprendida e irritada. Sentado a la mesa, tranquilo y reposado, el vagabundo desayunaba opíparamente: huevos fritos, un gran trozo de pan tierno, vino… Mariana sintió un coletazo de ira, tal vez entremezclado de temor, y se encaró con Salomé, que, tranquilamente se afanaba en el hogar:

-¡Salomé! -dijo, y su voz le sonó áspera, dura-. ¿Quién te ordenó dar a este hombre… y cómo no se ha marchado al alba?

Sus palabras se cortaban, se enredaban, por la rabia que la iba dominando. Salomé se quedó boquiabierta, con la espumadera en alto, que goteaba contra el suelo.

-Pero yo… -dijo-. Él me dijo…

El vagabundo se había levantado y con lentitud se limpiaba los labios contra la manga.

-Señora -dijo-, señora, usted no recuerda… usted dijo anoche: “Que le den al pobre viejo una cama en el altillo, y que le den de comer cuanto pida”. ¿No lo dijo anoche la señora posadera? Yo lo oía bien claro… ¿O está arrepentida ahora?

Mariana quiso decir algo, pero de pronto se le había helado la voz. El viejo la miraba intensamente, con sus ojillos negros y penetrantes. Dio media vuelta, y desasosegada salió por la puerta de la cocina, hacia el huerto.

El día amaneció gris, pero la lluvia había cesado. Mariana se estremeció de frío. La hierba estaba empapada, y allá lejos la carretera se borraba en una neblina sutil. Oyó detrás de ella la voz del viejo, y sin querer, apretó las manos una contra otra.

-Quisiera hablarle algo, señora posadera… Algo sin importancia.

Mariana siguió inmóvil, mirando hacia la carretera.

-Yo soy un viejo vagabundo… pero a veces, los vagabundos se enteran de las cosas. Sí: yo estaba allí. Yo lo vi, señora posadera. Lo vi, con estos ojos…

Mariana abrió la boca. Pero no pudo decir nada.

-¿Qué estás hablando ahí, perro? -dijo-. ¡Te advierto que mi marido llegará con el carro a las diez, y no aguanta bromas de nadie!

-¡Ya lo sé, ya lo sé que no aguanta bromas de nadie! -dijo el vagabundo. Por eso, no querrá que sepa… nada de lo que yo vi aquel día. ¿No es verdad?

Mariana se volvió rápidamente. La ira había desaparecido. Su corazón latía, confuso.

“¿Qué dice? ¿Qué es lo que sabe…? ¿Qué es lo que vio?” Pero ató su lengua. Se limitó a mirarle, llena de odio y de miedo. El viejo sonreía con sus encías sucias y peladas.

-Me quedaré aquí un tiempo, buena posadera: sí, un tiempo, para reponer fuerzas, hasta que vuelva el sol. Porque ya soy viejo y tengo las piernas muy cansadas. Muy cansadas…

Mariana echó a correr. El viento, fino, le daba en cara. Cuando llegó al borde del pozo se paró. El corazón parecía salírsele del pecho.

Aquel fue el primer día. Luego, llegó Antonio con el carro. Antonio subía mercancías de Palomar, cada semana. Además de posaderos, tenían el único comercio de la aldea. Su casa, ancha y grande, rodeada por el huerto, estaba a la entrada del pueblo. Vivían con desahogo y en el pueblo Antonio tenía fama de rico. “Fama de rico”, pensaba Mariana, desazonada. Desde la llegada del odioso vagabundo, estaba pálida, desganada. “Y si no lo fuera, ¿me habría casado con él, acaso”. No, no era difícil comprender por qué se había casado con aquel hombre brutal, que tenía catorce años más que ella. Un hombre hosco y temido solitario. Ella era guapa. Sí: todo el pueblo lo sabía y decía que era guapa.

También Constantino, que estaba enamorado de ella. Pero Constantino era un simple aparcero, como ella. Y ella estaba harta de pasar hambre, y trabajos, y tristezas. Sí; estaba harta. Por eso se casó con Antonio.

Mariana sentía un temblor extraño. Hacía quince días que el viejo entró en la posada.

Dormía, comía y se despiojaba descaradamente al sol, en los ratos en que este lucía, junto a la puerta del huerto. El primer día Antonio preguntó:

-¿Y ese, que pinta ahí?

-Me dio lástima -dijo ella, apretando entre los dedos los flecos de su chal-. Es tan viejo… Y hace tan mal tiempo…

Antonio no dijo nada. Le pareció que se iba hacia el viejo como para echarle de allí. Y ella corrió escaleras arriba. Tenía miedo. Sí: tenía mucho miedo…”Si el viejo vio a Constantino subir al castaño, bajo la ventana. Si le vio saltar a la habitación, las noches que iba Antonio con el carro, de camino…“. ¿Qué podía querer decir, si no, con aquello de lo vi todo, sí, lo vi con estos ojos?”

Ya no podía más. No: ya no podía más. El viejo no se limitaba a vivir en la casa. Pedía dinero ya. Había empezado a pedir dinero, también. Y lo extraño es que Antonio no volvió a hablar de él. Se limitaba a ignorarle. Solo que, de cuando en cuando, la miraba a ella.

María sentía la fijeza de sus ojos grandes, negros y lucientes, y temblaba.

Aquella tarde Antonio se marchaba a Palomar. Estaba terminando de uncir los mulos al carro , y oía las voces del mozo mezcladas a las de Salomé, que le ayudaba. Mariana sentía frío. “No puedo más. Ya no puedo más. Vivir así es imposible. Le diré que se marche, que se vaya. La vida no es vida con esta amenaza”. Se sentía enferma. Enferma de miedo. Lo de Constantíno, por su miedo, había cesado. Ya no podía verlo. La sola idea le hacía castañetear los dientes. Sabía que Antonio la mataría. Estaba segura de que la mataría. Le conocía bien.

Cuando vio el carro perdiéndose por la carretera bajó a la cocina. El viejo dormitaba junto al fuego. Le contempló, y se dijo: “Si tuviera valor le mataría”. Allí estaban las tenazas de hierro, a su alcance. Pero no lo haría. Sabía que no podía hacerlo. “Soy cobarde. Soy una gran cobarde y tengo amor a la vida”. Esto la perdía: “Este amor a la vida…“.

-Viejo -exclamó. Aunque habló en voz queda, el vagabundo abrió uno de sus ojillos maliciosos.

“No dormía”, se dijo Mariana. “No dormía. Es un viejo zorro”.

-Ven conmigo -le dijo-. Te he de hablar.

El viejo la siguió hasta el pozo. Allí Mariana se volvió a mirarle.

-Puedes hacer lo que quieras, perro. Puedes decirle todo a mi marido, si quieres. Pero tú te marchas. Te vas de esta casa, en seguida…

El viejo calló unos segundos. Luego, sonrió.

-¿Cuándo vuelve el señor posadero?

Mariana estaba blanca. El viejo observó su rostro hermoso, sus ojeras. Había adelgazado.

-Vete -dijo Mariana-. Vete en seguida.

Estaba decidida. Sí: en sus ojos lo leía el vagabundo, Estaba decidida y desesperada. Él tenía experiencia y conocía esos ojos.

“Ya no hay nada que hacer”, se dijo, con filosofía. “Ha terminado el buen tiempo. Acabaron las comidas sustanciosas, el colchón, el abrigo. Adelante, viejo perro, adelante. Hay que seguir”.

-Está bien -dijo-. Me iré. Pero él sabrá todo.

Mariana seguía en silencio. Quizás estaba aún más pálida. De pronto, el viejo tuvo un ligero temor: “Esta es capaz de hacer algo gordo. Sí: es de esa gente que se cuelga de un árbol o cosa así”. Sintió piedad. Era joven, aún, y hermosa.

-Bueno -dijo-. Ha ganado la señora posadera. Me voy… ¿qué le vamos a hacer? La verdad nunca me hice demasiadas ilusiones… Claro que pasé muy buen tiempo aquí. No olvidaré los guisos de Salomé ni el vinito del señor posadero… No lo olvidaré. Me voy.

-Ahora mismo -dijo ella, de prisa-. Ahora mismo, vete… ¡Y ya puedes correr, si quiere alcanzarle a él! Ya puedes correr, con tus cuentos sucios, viejo perro…

El vagabundo sonrió con dulzura. Recogió su cayado y su zurrón. Iba a salir, pero, ya en la empalizada se volvió:

-Naturalmente, señora posadera, yo no vi nada. Vamos: ni siquiera sé si había algo que ver. Pero llevo muchos años de camino, ¡tantos años de camino! Nadie hay en el mundo con la conciencia pura, ni siquiera los niños. No: ni los niños siquiera, hermosa posadera. Mira a un niño a los ojos y dile: “¡Lo sé todo! Anda con cuidado…“. Y el niño temblará. Temblará como tú, hermosa posadera.

Mariana sintió algo extraño, como un crujido, en el corazón. No sabía si era amargo, o lleno de una violenta alegría. No lo sabía. Movió los labios y fue a decir algo. Pero el viejo vagabundo cerró la puerta de la empalizada tras él, y se volvió a mirarla. Su risa era maligna, al decir:

-Un consejo, posadera: vigila a tu Antonio. Sí: el señor posadero también tiene motivos para permitir la holganza en su casa a los viejos pordioseros. ¡Motivos muy buenos, juraría yo, por el modo como me miró!

La niebla, por el camino, se espesaba, se hacía baja. Mariana le vio partir, hasta perderse en la lejanía.


Nada de todo esto, de Samanta Schweblin (narradora argentina, siglo XXI)




Nada de todo esto

 

—NOS PERDIMOS —dice mi madre.

Frena y se inclina sobre el volante. Sus dedos finos y viejos se agarran al plástico con fuerza. Estamos a más de media hora de casa, en uno de los barrios residenciales que más nos gusta. Hay caserones hermosos y amplios, pero las calles son de tierra y están embarradas porque estuvo lloviendo toda la noche.

—¿Tenías que parar en medio del barro? ¿Cómo vamos a salir ahora de acá?

Abro mi puerta para ver qué tan enterradas están las ruedas. Bastante enterradas, lo suficientemente enterradas. Cierro de un portazo.

—¿Qué es lo que estás haciendo, mamá?

—¿Cómo que qué estoy haciendo? —su estupor parece sincero.

Sé exactamente qué es lo que estamos haciendo, pero acabo de darme cuenta de lo extraño que es. Mi madre no parece entender, pero responde, así que sabe a qué me refiero.

—Miramos casas —dice.

Parpadea un par de veces, tiene demasiado rímel en las pestañas.

—¿Miramos casas?

—Miramos casas —señala las casas que hay a los lados.

Son inmensas. Resplandecen sobre sus lomas de césped fresco, brillantes por la luz fuerte del atardecer. Mi madre suspira y, sin soltar el volante, recuesta su espalda en el asiento. No va a decir mucho más. Quizá no sabe qué más decir. Pero esto es exactamente lo que hacemos. Salir a mirar casas. Salir a mirar las casas de los demás. Intentar descifrar eso ahora podría convertirse en la gota que rebalsa el vaso, la confirmación de cómo mi madre ha estado tirando a la basura mi tiempo desde que tengo memoria. Mi madre pone primera y, para mi sorpresa, las ruedas resbalan un momento pero logra que el coche salga adelante. Miro hacia atrás el cruce, el desastre que dibujamos en la tierra arenosa del camino, y ruego por que ningún cuidador caiga en la cuenta de que hicimos lo mismo ayer, dos cruces más abajo, y otra vez más casi llegando a la salida. Seguimos avanzando. Mi madre conduce derecho, sin detenerse frente a ningún caserón. No hace comentarios sobre los cerramientos, las hamacas ni los toldos. No suspira ni tararea ninguna canción. No toma nota de las direcciones. No me mira. Unas cuadras más allá las casas se vuelven más y más residenciales y las lomas de césped ya no son tan altas, sino que, sin veredas, delineadas con prolijidad por algún jardinero, parten desde la mismísima calle de tierra y cubren el terreno perfectamente niveladas, como un espejo de agua verde al ras del suelo. Toma hacia la izquierda y avanza unos metros más. Dice en voz alta, pero para sí misma:

—Esto no tiene salida.

Hay algunas casas más adelante, luego un bosque se cierra sobre el camino.

—Hay mucho barro —digo—, da la vuelta sin parar el coche.

Me mira con el entrecejo fruncido. Se arrima al césped derecho e intenta retomar el camino hacia el otro lado. El resultado es terrible: apenas si acaba de tomar una desdibujada dirección diagonal cuando se encuentra con el césped de la izquierda, y frena.

—Mierda —dice.

Acelera y las ruedas resbalan en el barro. Miro hacia atrás para estudiar el panorama. Hay un chico en el jardín, casi en el umbral de una casa. Mi madre vuelve a acelerar y logra salir en reversa. Y esto es lo que hace ahora: con el coche marcha atrás, cruza la calle, sube al césped de la casa del chico, y dibuja, de lado a lado, sobre el amplio manto de césped recién cortado, un semicírculo de doble línea de barro. El coche queda frente a los ventanales de la casa. El chico está de pie con su camión de plástico, mirándonos absorto. Levanto la mano, en un gesto que intenta ser de disculpas, o de alerta, pero él suelta el camión y entra corriendo a la casa. Mi madre me mira.

—Arrancá —digo.

Las ruedas patinan y el coche no se mueve.

—¡Despacio, mamá!

Una mujer aparece tras las cortinas de los ventanales y nos mira por la ventana, mira su jardín. El chico está junto a ella y nos señala. La cortina vuelve a cerrarse y mi madre hunde más y más el coche. La mujer sale de la casa. Quiere llegar hasta nosotras pero no quiere pisar su césped. Da los primeros pasos sobre el camino de madera barnizada y después corrige la dirección hacia nosotras pisando casi de puntillas. Mi madre dice mierda otra vez, por lo bajo. Suelta el acelerador y, por fin, suelta también el volante.

La mujer llega y se inclina hasta la ventanilla para hablarnos. Quiere saber qué hacemos en su jardín, y no lo pregunta de buena manera. El chico espía abrazado a una de las columnas de la entrada. Mi madre dice que lo siente, que lo siente muchísimo, y lo dice varias veces. Pero la mujer no parece escucharla. Solo mira su jardín, las ruedas hundidas en el césped, e insiste en preguntar qué hacemos ahí, por qué estamos hundidas en su jardín, si entendemos el daño que acabamos de hacer. Así que se lo explico. Digo que mi madre no sabe conducir en el barro. Que mi madre no está bien. Y entonces mi madre golpea su frente contra el volante y se queda así, no se sabe si muerta o paralizada. Su espalda tiembla y empieza a llorar. La mujer me mira. No sabe muy bien qué hacer. Sacudo a mi madre. Su frente no se separa del volante y los brazos caen muertos a los lados. Salgo del coche. Vuelvo a disculparme con la mujer. Es alta y rubia, grandota como el chico, y sus ojos, su nariz y su boca están demasiado juntos para el tamaño de su cabeza. Tiene la edad de mi madre.

—¿Quién va a pagar por esto? —dice.

No tengo dinero, pero le digo que vamos a pagar. Que lo siento y que, por supuesto, vamos a pagar. Eso parece calmarla. Vuelve su atención un momento sobre mi madre, sin olvidarse de su jardín.

—Señora, ¿se siente bien? ¿Qué trataba de hacer?

Mi madre levanta la cabeza y la mira.

—Me siento terrible. Llame a una ambulancia, por favor.

La mujer no parece saber si mi madre habla en serio o si le está tomando el pelo. Por supuesto que habla en serio, aunque la ambulancia no sea necesaria. Le hago a la mujer un gesto negativo que implica esperar, no hacer ningún llamado. La mujer da unos pasos hacia atrás, mira el coche viejo y oxidado de mi madre, y a su hijo atónito, un poco más allá. No quiere que estemos acá, quiere que desaparezcamos pero no sabe cómo hacerlo.

—Por favor —dice mi madre—, ¿podría traerme un vaso de agua hasta que llegue la ambulancia?

La mujer tarda en moverse, parece no querer dejarnos solas en su jardín.

—Sí —dice.

Se aleja, agarra al niño de la remera y se lo lleva dentro con ella. La puerta de entrada se cierra de un portazo.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, mamá? Salí del coche, que voy a tratar de moverlo.

Mi madre se endereza en el asiento, mueve las piernas despacio, empieza a salir. Busco alrededor troncos medianos o algunas piedras para poner bajo las ruedas e intentar sacar el coche, pero todo está muy pulcro y ordenado. No hay más que césped y flores.

—Voy a buscar algunos troncos —le digo a mi madre señalándole el bosque que hay al final de la calle—. No te muevas.

Mi madre, que estaba a medio camino de salir del coche, se queda inmóvil un momento y luego se deja caer otra vez en el asiento. Me preocupa que esté anocheciendo, no sé si podré sacar el coche a oscuras. El bosque está solo a dos casas. Camino entre los árboles, me lleva unos minutos encontrar exactamente lo que necesito. Cuando regreso mi madre no está en el coche. No hay nadie fuera. Me acerco a la puerta de la casa. El camión del chico está tirado sobre el felpudo. Toco el timbre y la mujer viene a abrirme.

—Llamé a la ambulancia —dice—, no sabía dónde estaba usted y su madre dijo que iba a desmayarse otra vez.

Me pregunto cuándo fue la primera vez. Entro con los troncos. Son dos, del tamaño de dos ladrillos. La mujer me guía hasta la cocina. Atravesamos dos livings amplios y alfombrados, y enseguida escucho la voz de mi madre.

—¿Esto es mármol blanco? ¿Cómo consiguen mármol blanco? ¿De qué trabaja tu papá, querido?

Está sentada a la mesa, con una taza en la mano y la azucarera en la otra. El chico está sentado enfrente, mirándola.

—Vamos —digo, mostrándole los troncos.

—¿Viste el diseño de esta azucarera? —dice mi madre empujándola hacia a mí. Pero como ve que no me impresiona agrega—: de verdad me siento muy mal.

—Esa es un adorno —dice el chico—, esta es nuestra azucarera de verdad.

Le acerca a mi madre otra azucarera, una de madera. Mi madre lo ignora, se levanta y, como si fuera a vomitar, sale de la cocina. La sigo con resignación. Se encierra en un pequeño baño que hay junto al pasillo. La mujer y el hijo me miran pero no me siguen. Golpeo la puerta. Pregunto si puedo pasar y espero. La mujer se asoma desde la cocina.

—Me dicen que la ambulancia llega en quince minutos.

—Gracias —digo.

La puerta del baño se abre. Entro y vuelvo a cerrar. Dejo los troncos junto al espejo. Mi madre llora sentada sobre la tapa del inodoro.

—¿Qué pasa, mamá?

Antes de hablar dobla un poco de papel higiénico y se suena la nariz.

—¿De dónde saca la gente todas estas cosas? ¿Y ya viste que hay una escalera a cada lado del living? —Apoya la cara en las palmas de las manos—. Me pone tan triste que me quiero morir.

Tocan la puerta y me acuerdo de que la ambulancia está en camino. La mujer pregunta si estamos bien. Tengo que sacar a mi madre de esta casa.

—Voy a recuperar el coche —digo volviendo a levantar los troncos—. Quiero que en dos minutos estés afuera conmigo. Y más vale que estés ahí.

En el pasillo la mujer habla por celular pero me ve y corta.

—Es mi marido, está viniendo para acá.

Espero un gesto que me indique si el hombre vendrá para ayudarnos a nosotras o para ayudarla a ella a sacarnos de la casa. Pero la mujer me mira fijo cuidándose de no darme ninguna pista. Salgo y voy hacia el coche. Escucho al chico correr detrás de mí. No digo nada, coloco los troncos bajo las ruedas y busco dónde mi madre pudo haber dejado las llaves. Enciendo el motor. Tengo que intentarlo varias veces pero al fin el truco de los troncos funciona. Cierro la puerta y el chico se tiene que correr para que no lo pise. No me detengo, sigo las huellas del semicírculo hasta la calle. No va a venir sola, me digo a mí misma. ¿Por qué me haría caso y saldría de la casa como una madre normal? Apago el motor y entro a buscarla. El chico corre detrás de mí, abrazando los troncos llenos de barro.

Entro sin tocar y voy directo al baño.

—Ya no está en el baño —dice la mujer—. Por favor, saque a su madre de la casa. Esto ya se pasó de la raya.

Me lleva al primer piso. Las escaleras son amplias y claras, una alfombra color crema marca el camino. La mujer va delante, ciega a las marcas de barro que voy dejando en cada escalón. Me señala un cuarto, la puerta está entreabierta y entro sin abrirla del todo, para guardar cierta intimidad. Mi madre está acostada boca abajo sobre la alfombra, en medio del cuarto matrimonial. La azucarera está sobre la cómoda, junto a su reloj y sus pulseras, que evidentemente se ha quitado. Los brazos y las piernas están abiertos y separados, y por un momento me pregunto si habrá alguna otra manera de abrazar cosas tan descomunalmente grandes como una casa, si será eso lo que mi madre intenta hacer. Suspira y después se sienta en el piso, se acomoda la camisa y el pelo, me mira. Su cara ya no está tan roja, pero las lágrimas hicieron un desastre con el maquillaje.

—¿Qué pasa ahora? —dice.

—Ya está el coche. Nos vamos.

Espío hacia afuera para tantear qué hace la mujer, pero no la veo.

—¿Y qué vamos a hacer con todo esto? —dice mi madre señalando alrededor—. Alguien tiene que hablar con esta gente.

—¿Dónde está tu cartera?

—Abajo, en el living. En el primer living, porque hay uno más grande que da a la piscina, y uno más del otro lado de la cocina, frente al jardín trasero. Hay tres livings —mi madre saca un pañuelo de su jean, se suena la nariz y se seca las lágrimas— cada uno es para una cosa diferente.

Se levanta agarrándose de un barrote de la cama y camina hacia el baño de la habitación.

La cama está hecha con un doblez en la sábana superior que solo le vi hacer a mi madre. Bajo la cama, hecha un bollo, hay una colcha de estrellas fucsias y amarillas y una docena de pequeños almohadones.

—Mamá, por dios, ¿armaste la cama?

—Ni me hables de esos almohadones —dice, y después, asomándose detrás de la puerta para asegurarse de que la escucho—: y quiero ver esa azucarera cuando salga del baño, no se te ocurra hacer ninguna locura.

—¿Qué azucarera? —pregunta la mujer del otro lado de la puerta. Toca la puerta tres veces pero no se anima a entrar—. ¿Mi azucarera? Por favor, que eso era de mi mamá.

En el baño se escucha la canilla de la bañera. Mi madre regresa hacia la puerta y por un segundo creo que va a abrirle a la mujer, pero la cierra y me indica que baje la voz, que la canilla es para que no nos escuchen. Esta es mi madre, me digo, mientras abre los cajones de la cómoda y revisa el fondo entre la ropa, para confirmar que la madera de los interiores del mueble también sea de cedro. Desde que tengo memoria hemos salido a mirar casas, hemos sacado de estos jardines flores y macetas inapropiadas. Cambiado regadores de lugar, enderezado buzones de correo, recolectado adornos demasiado pesados para el césped. En cuanto mis pies llegaron a los pedales empecé a encargarme del coche. Esto le dio a mi madre más libertad. Una vez movió sola un banco blanco de madera y lo puso en el jardín de la casa de enfrente. Descolgó hamacas. Quitó yuyos malignos. Tres veces arrancó el nombre Marilú 2 de un cartel groseramente cursi. Mi padre se enteró de algún que otro evento pero no creo que haya dejado a mi madre por eso. Cuando se fue, mi padre se llevó todas sus cosas menos la llave del coche, que dejó sobre uno de los pilones de revistas de hogares y decoración de mi madre, y por unos años ella prácticamente no se bajó del coche en ningún paseo. Desde el asiento del acompañante decía: «es quicuyo», «ese Bow-Window no es americano», «las flores de hiedra francesa no pueden ir junto a los duraznillos negros», «si alguna vez elijo ese tipo de rosa nacarado para el frente de la casa, por favor, contratá a alguien que me sacrifique».

Pero tardó mucho tiempo en volver a bajar del coche. Esta tarde, en cambio, ha cruzado una gran línea. Insistió en conducir. Se las ingenió para entrar a esta casa, al cuarto matrimonial, y ahora acaba de regresar al baño, de tirar en la bañera dos frascos de sales, y está empezando a descartar en el tacho algunos productos del tocador. Escucho el motor de un coche y me asomo a la ventana que da al jardín trasero. Ya casi es de noche, pero los veo. Él baja del coche y la mujer ya camina hacia él. Con su mano izquierda sostiene la del chico, la derecha se esmera doblemente en gestos y señales. Él asiente alarmado, mira hacia el primer piso. Me ve y, cuando me ve, yo entiendo que tenemos que movernos rápido.

—Nos vamos, mamá.

Está quitando los ganchos de la cortina del baño, pero se los saco de la mano, los tiro al piso, la agarro de la muñeca y la empujo hacia la escalera. Es algo bastante violento, nunca traté así a mi madre. Una furia nueva me empuja a la salida. Mi madre me sigue, tropezando a veces en los escalones. Los troncos están acomodados al pie de la escalera y los pateo al pasar. Llegamos al living, tomo la cartera de mi madre y salimos por la puerta principal.

Ya en el coche, llegando a la esquina, me parece ver las luces de otro coche que sale de la casa y dobla en nuestra dirección. Llego al primer cruce de barro a toda velocidad y mi madre dice:

—¿Qué locura fue todo eso?

Me pregunto si se refiere a mi parte o a la suya. En un gesto de protesta, mi madre se pone el cinturón. Lleva la cartera sobre las piernas y los puños cerrados en las manijas. Me digo a mí misma, ahora te calmás, te calmás, te calmás. Busco el otro coche por el espejo retrovisor pero no veo a nadie. Quiero hablar con mi madre pero no puedo evitar gritarle.

—¿Qué estás buscando, mamá? ¿Qué es todo esto?

Ella ni se mueve. Mira seria al frente, con el entrecejo terriblemente arrugado.

—Por favor, mamá ¿qué? ¿Qué carajo hacemos en las casas de los demás?

Se escucha a lo lejos la sirena de una ambulancia.

—¿Querés uno de esos livings? ¿Eso querés? ¿El mármol de las mesadas? ¿La bendita azucarera? ¿Esos hijos inútiles? ¿Eso? ¿Qué mierda es lo que perdiste en esas casas?

Golpeo el volante. La sirena de la ambulancia se escucha más cerca y clavo las uñas en el plástico. Una vez, cuando tenía cinco años y mi madre cortó todas las calas de un jardín, se olvidó de mí sentada contra la verja y no tuvo la valentía de volver a buscarme. Esperé mucho tiempo, hasta que escuché los gritos de una alemana que salía de la casa con una escoba, y corrí. Mi madre conducía en círculos dos cuadras a la redonda, y tardamos en encontrarnos.

—Nada de todo eso —dice mi madre manteniendo la vista al frente, y es lo último que dice en todo el viaje.

La ambulancia dobla hacia nosotras unas cuadras más adelante y nos pasa a toda velocidad.

Llegamos a casa media hora más tarde. Dejamos las cosas en la mesa y nos sacamos las zapatillas embarradas. La casa está fría, y desde la cocina veo a mi madre esquivar el sillón, entrar al cuarto, sentarse en su cama y estirarse para prender el radiador. Pongo agua a calentar para preparar té. Esto necesito ahora, me digo, un poco de té, y me siento junto a la hornalla a esperar. Cuando estoy poniendo el saquito en la taza suena el timbre. Es la mujer, la dueña de la casa de los tres livings. Abro y me quedo mirándola. Le pregunto cómo sabe dónde vivimos.

—Las seguí —dice mirándose los zapatos.

Tiene una actitud distinta, más frágil y paciente, y aunque abro el mosquitero para dejarla entrar no parece animarse a dar el primer paso. Miro la calle hacia ambos lados y no veo ningún coche en el que una mujer como ella podría haber venido.

—No tengo el dinero —digo.

—No —dice ella—, no se preocupe, no vine por eso. Yo… ¿Está su madre?

Escucho la puerta del cuarto cerrarse. Es un golpe fuerte, pero quizá difícil de escuchar desde la calle.

Niego. Ella vuelve a mirar sus zapatos y espera.

—¿Puedo pasar?

Le indico una silla junto a la mesa. Sobre las baldosas de ladrillo, sus tacos hacen un ruido distinto al de nuestros tacos, y la veo moverse con cuidado: los espacios de esta casa son más acotados y la mujer no parece sentirse cómoda. Deja su bolso sobre las piernas cruzadas.

—¿Quiere un té?

Asiente.

—Su madre… —dice.

Le acerco una taza caliente y pienso «su madre está otra vez en mi casa», «su madre quiere saber cómo pago los tapizados de cuero de todos mis sillones».

—Su madre se llevó mi azucarera —dice la mujer.

Sonríe casi a modo de disculpas, revuelve el té, lo mira pero no lo toma.

—Parece una tontería —dice—, pero, de todas las cosas de la casa, es lo único que tengo de mi madre y… —hace un sonido extraño, casi como un hipo, y los ojos se le llenan de lágrimas—, necesito esa azucarera. Tiene que devolvérmela.

Nos quedamos un momento en silencio. Ella esquiva mi mirada. Yo miro un momento hacia el patio trasero y la veo, veo a mi madre, y enseguida distraigo a la mujer para que no mire también.

—¿Quiere su azucarera? —pregunto.

—¿Está acá? —dice la mujer e inmediatamente se levanta, mira la mesada de la cocina, el living, el cuarto un poco más allá.

Pero no puedo evitar pensar en lo que acabo de ver: mi madre arrodillada en la tierra bajo la ropa colgada, metiendo la azucarera en un nuevo agujero del patio.

—Si la quiere, encuéntrela usted misma —digo.

La mujer se queda mirándome, le lleva unos cuantos segundos asumir lo que acabo de decir. Después deja la cartera en la mesa y se aleja despacio. Parece costarle avanzar entre el sillón y el televisor, entre las torres de cajas apilables que hay por todos lados, como si ningún sitio fuera adecuado para empezar a buscar. Así me doy cuenta de qué es lo que quiero. Quiero que revuelva. Quiero que mueva nuestras cosas, quiero que mire, aparte y desarme. Que saque todo afuera de las cajas, que pise, que cambie de lugar, que se tire al suelo y también que llore. Y quiero que entre mi madre. Porque si mi madre entra ahora mismo, si se recompone pronto de su nuevo entierro y regresa a la cocina, la aliviará ver cómo lo hace una mujer que no tiene sus años de experiencia, ni una casa donde hacer bien este tipo de cosas, como corresponde.