lunes, 30 de noviembre de 2020

Examen de Literatura 2020: materiales

 

Examen de Literatura:materiales


Grupos: Cuarto año 1, 2, 3, 4 y 7.


1. ROALD DAHL: “CORDERO ASADO”


PUBLICACIÓN

Cordero asado” de Roald Dahl, fue escrito en 1953, y recopilado en la antología Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979). Alfred Hitchcock realizó una adaptación para su serie televisiva, y Almodóvar le rindió homenaje en alguna de sus películas.

TEMAS

Aparecen el amor (de pareja y de madre a hijo), la muerte, la venganza, el engaño. Como en muchos crímenes de la vida real, su perfección radica en el modo que emplea el culpable (¿Mary es victimaria o víctima?) para eludir las consecuencias. Allí, la historia da un giro radical: la mujer ha mostrado las uñas, y se dispone a luchar no por ella sino por su hijo. Mary, amante esposa y futura madre, ensaya gestos y entonaciones ante el espejo. Con una astucia impensable en ella, enreda a los policías hasta el punto de hacerles tragar el arma homicida. En la escena final, a solas “Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.” 

TÍTULO

El título original era más complejo que el traducido: Lamb to the slaughter, algo así como “Cordero al matadero”. ¿Quién es la víctima en este cuento? Puede ser Patrick, porque es atacado por la espalda y muere. O también Mary, quien de pronto ve cómo se rompe su tranquilo mundo hogareño ante el abandono de su esposo. Sería en este caso un título simbólico, porque no hay directamente un cordero que vaya al matadero en el texto. Si fuera “Cordero asado” sería emblemático, porque se habla de una pata de cordero asada al horno. 

PERSONAJES

La protagonista es Mary Maloney, porque la acción pesa sobre ella en todo el texto. De su grafopeya (aspecto) poco sabemos: joven, ojos grandes y oscuros, panza de seis meses de embarazo… De su etopeya (carácter) se dice que es ama de casa, ama a su esposo, capaz de negar la realidad hasta límites inverosímiles, parece amable y cariñosa pero es capaz de una reacción furiosa cuando él le cambia los planes.

El marido de Mary, Patrick, es un personaje secundario. Detective, seco, muy interesado en mantener su reputación, no hay datos físicos de él. Los policías son varios, algunos con nombre (Jack, O´Malley), otros innominados.

Sam, el almacenero, aparece solo una vez (se llama “episódico”) y de él no se describe casi nada.

LUGAR

Se ubica en una casa espaciosa (con una bodega en el piso de abajo, tiene espacio para el auto afuera, no se describe mucho más) que debe estar en una ciudad pequeña o pueblo de EEUU (todos se conocen), porque los nombres están en inglés y se nombra un Estado (Idaho). Además se cena temprano, a eso de las seis.

TIEMPO

No se dice con exactitud, pero debe ser por los 50´. Mary es una típica ama de casa de esa época, sumisa y complaciente con el marido que viene de trabajar, pero a la vez bebe alcohol en pleno embarazo, lo que la ubica varias décadas atrás en el pasado.

¿ACTUARON BIEN LOS POLICÍAS?

Sí, por lo detallistas y preocupados que fueron, pero no, porque confiaron demasiado en Mary, y además comieron y bebieron en la casa, modificando la escena del crimen.

¿HAY FINAL FELIZ?

La respuesta es subjetiva. Si estamos de parte de la justicia, no: el crimen quedó impune. Si estamos de parte de Mary sí: ella zafó de la condena, y podrá tener en paz a su hijo.



2. Romances


2.1: Información general


ORIGEN

La palabra “romance” deriva de “Roma” y designa al conjunto de lenguas derivadas del latín: castellano, francés, portugués, italiano y rumano, pero también hace referencia a cierto tipo de poemas. Hay algunos poemas que, más allá del tema que traten, son “romances”.

Los romances se originan en España. Entre los siglos XII y XIII los juglares solían recorrer los pueblos cantando largos poemas que trataban de temas heroicos y se llamaban “cantares de gesta”. Uno de ellos, el “Cantar del mío Cid” es considerado la primera obra importante que se conserva de la literatura española. Se cree que, con el paso del tiempo, el público fue memorizando los fragmentos preferidos, que probablemente le pedirían al juglar que repitiera, como pasa hoy con ciertas partes que recordamos mejor de las canciones extensas. Al pasar el tiempo los poetas empezaron a componer directamente textos breves, siguiendo el gusto del público, y así surgieron los “romances”.



DEFINICIÓN: 

Un romance es un breve poema de carácter épico-lírico, destinado al canto con acompañamiento de algún instrumento musical. Tienen carácter épico porque se cuentan sucesos, y son líricos porque aparecen los sentimientos y emociones del autor frente a esos hechos.

Los romances son series indefinidas de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares. Son “series indefinidas de versos” porque no están divididos en estrofas ni tienen un número fijo de versos. Riman solo las vocales, un verso por medio. 



CARACTERÍSTICAS

Romancero” es el conjunto de los romances conocidos, la obra de los poetas populares de España en los siglos XIV, XV y XVI.  Recordemos que la Edad Media terminó a fines del siglo XV, cuando comienza el Renacimiento, y los romances tienen características de ambos períodos. Tienen carácter medieval porque tratan temas y personajes de siglos pasados, son anónimos y de creación colectiva. A la vez su adhesión a los asuntos terrenales es propia del Renacimiento: la temática de los romances rara vez es religiosa. 

Los romances son ANÓNIMOS, no porque se haya olvidado el nombre del autor, sino porque son una CREACIÓN COLECTIVA. Hubo un autor inicial para el poema, pero luego cada juglar que lo cantó, cada persona que lo fue transmitiendo oralmente a otra, pudo modificarlo un poco. Se olvidaron fragmentos, se le agregaron versos o se cambiaron palabras. Por ejemplo, un romance que comienza “Mira Nero…” (aludiendo a Nerón, que miraba el incendio de Roma) se convirtió en “Marinero…”. Es lo mismo que hacemos con las canciones que cantamos, si le cambiamos algo sin darnos cuenta. Entonces no hay UN autor, sino muchos. Cada persona que cambió algo es un poquito autora de la letra, y en muchos casos se conservan varias versiones de un mismo romance.

Los romances al principio no se leían en libros: se escuchaban cantados. Fueron de TRANSMISIÓN ORAL hasta mediados del siglo XVI. Recordemos que la imprenta se inventó en el siglo XV. Allí empiezan a aparecer libros que son recopilaciones de romances, y se llaman “Romanceros”. Eran muy baratos, y fueron  despreciados al principio por los nobles, porque eran un entretenimiento más bien popular. 

Otra característica es el FRAGMENTARISMO: los romances destacan sólo una situación, no cuentan toda la historia. No dan los preliminares, ni detalles, ni el desenlace, solo un fragmento de la situación. Por esto se dice que tienen COMIENZO ABRUPTO, ya que no hay introducción, no se dan nombres, fechas ni lugares concretos. En general terminan con un FINAL TRUNCO, interrumpiendo el texto en un momento de tensión, como para que el lector lo termine con su imaginación.

Son frecuentes las REITERACIONES de palabras o de frases, que le dan fuerza a una idea, a la vez que generan musicalidad. Un ejemplo es el comienzo del Romance del prisionero: “Que por mayo, era por mayo”.

También abundan los DIÁLOGOS. Aparecen varias voces, a veces con breves frases introductorias (por ej. “Allí habló el Infante Arnaldos”). 

MEZCLA DE TIEMPOS VERBALES. Se utilizan recursos de actualización del discurso, lo que quiere decir que los hechos que son del pasado (para el narrador) se muestran como si estuvieran ocurriendo en el presente (para el lector). Esto se logra con el uso de adverbios de tiempo (como “ya”), o con cambios en los tiempos verbales. 

   Muchas veces se da el USO DE DIMINUTIVOS, para intensificar lo afectivo, como al hablar de un “soñito”. Aparece también el GUSTO POR LO SUNTUARIO, es decir, lo lujoso, lo fino, lo que el pueblo que escucha el romance admira, pero no posee.

Los temas de los romances son en general profanos, no religiosos. Los más frecuentes son el sentimiento amoroso, los conflictos entre un rey y sus vasallos y la caída de un príncipe. Se cuentan asuntos nacionales, revividos una y otra vez. A esto se le llama TRADICIONALISMO. A la vez, se habla de la POPULARIDAD de los romances, ya que son muy gustados por todo tipo de público.

Hemos dicho que los romances son muy populares en los siglos XIV, XV y XVI, pero hasta el día de hoy hay escritores que componen sus poemas con el formato y las características de los de antes, aunque ya no sean anónimos ni de transmisión oral.




2.2: “ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE”


¿Por qué decimos que es un romance?

  • Porque tiene versos octosílabos sin estrofas, con rima asonante en los versos pares.

  • Porque hay narración y también expresión de sentimientos.

  • Porque la historia queda fragmentada: tiene un comienzo abrupto y final trunco.

  • Porque hay diálogos, uso de diminutivos, reiteraciones de palabras.

  • Porque no se conoce su autor y hay variables, es decir, que es obra de creación colectiva.



Temas: el amor, la muerte, el destino


Lenguaje sencillo, casi sin palabras a buscar.


Yo lírico: en primera persona al comienzo (dice “mis amores”, por ejemplo), luego en tercera persona (“ya se va para la calle…”).


Tiempo: hay una mezcla de tiempos; comienza en pasado (“soñaba”, “vi”), hay presente (“se va”) y futuro (“ya no me abrirás”). El paso de pasado a presente le agrega dramatismo y emoción a la acción de vestirse, calzarse y salir en busca de la amada.


Personajes: el los poemas no solemos hablar de personajes, pero los romances, al ser narrativos, sí los tienen. Del enamorado sabemos poco: su sentimiento por la amada, su deseo de escapar a la muerte. De la muerte se destaca el color blanco, igual que ocurre con la chica. La amada es además soltera, vive con sus padres y se dedica a las acciones típicas de la mujer medieval: costuras y bordados. Trata de ayudarlo, pero fracasa.


¿Está planteado como realidad o sueño?

No hay un límite claro entre realidad y sueño: él dormía y “vio” a la Muerte… ¿La vio o la soñó? Ambas opciones se justifican en el poema.


Un sueño soñaba anoche,

Soñito del alma mía,

Soñaba con mis amores

Que en mis brazos los tenía.


Se reiteran los sonidos “s” y “ñ”; tal vez se quiere sugerir somnolencia. Ese recurso se llama aliteración.

Nos ubica en un pasado cercano, y aparece el yo lírico en primera persona.

El diminutivo le da un aire afectivo al sueño; era algo deseado, placentero.

Del alma mía” sugiere algo entrañable, querido.

Se reafirma la individualidad: “mía”, “mis”.

Mis amores” puede aludir a varias personas o ser plural de un amor, como cuando alguien dice “¿Cómo van esos amores?”.

El sueño es erótico, en medio del placer de la vida aparece la Muerte.


Vi entrar señora tan blanca,

Muy más que la nieve fría.

¿Por dónde has entrado, amor?

¿Cómo has entrado, mi vida?

Las puertas están cerradas,

Ventanas y celosías.


El blanco da idea de falta de vida, es una palidez propia de la muerte. En distintas culturas se representa de modo diferente a la muerte, en general de manera antropomórfica: puede ser una figura vestida de negro y con guadaña (ahí se le llama “la Parca”), o un esqueleto, pero aquí es una imagen femenina que el enamorado confunde con la amada.

Ella es “señora”, la otra es “niña”. Él las confunde, pero no son similares, salvo en lo blanco.

Hay una comparación de la blancura de la señora y la de la nieve. “Muy más” es una expresión arcaica, que hoy es incorrecta. Intensifica la idea de la blancura. La nieve ya de por sí es fría: se produce una redundancia (se da un dato en el adjetivo que va implícito en el sustantivo). A la vez lo frío también da idea de muerte.

Las preguntas del enamorado están formuladas en versos que son paralelos, están armados con la misma estructura. Ambos reflejan que no está asustado (por ahora) sino sorprendido. La confunde con su amada, y por eso los vocativos “amor”, “mi vida”.

Celosías son una especie de enrejado de madera o de hierro que está por fuera de los vidrios de una ventana. Llama la atención la misteriosa entrada de la mujer a una casa que está totalmente cerrada, y prepara la expectativa para su presentación.


Presentación de la Muerte: se refiere a él como “amante”, destacando su rol de enamorado (como le dirá al final). Es seca, concisa, habla solo lo necesario. Hace una negación (“no soy…”) y luego una afirmación (“Soy…”). Se identifica como la muerte (hay una personificación) y declara ser enviada por Dios. En un universo católico Dios decide la muerte, ella no es una figura poderosa, como los dioses de la muerte en otras religiones.

El enamorado intenta “regatear”, negociar un tiempo de vida, reconociendo que ella es dura, estricta (“rigurosa”). Hay un pedido, al que se le responde de forma negativa, planteando otra vez una afirmación y una negación, en este caso en orden inverso al anterior: un día no, una hora sí.

A partir de aquí el yo lírico pasa a estar en tercera persona: “muy de prisa se calzaba/más de prisa se vestía”. Se destaca la urgencia, el apuro. Es una imagen visual. Los dos versos son paralelos, tienen igual estructura. A continuación aparece un verbo en presente: “ya se va…”. Los romances suelen mezclar los tiempos verbales; en este caso da más urgencia a la escena. Esto se llama actualización de sucesos, o que era pasado se pone en presente ara darle más dramatismo.

Aparece un segundo diálogo, con la amada. Le habla en tono imperativo, en dos versos paralelos que comienzan igual (anáfora). Los dos vocativos con que la nombra son “blanca” (recuerda a la muerte) y “niña” (da idea de inocencia, y también de clase alta).La respuesta de ella es larga y detallada, porque aún no sabe el por qué. Menciona el palacio, lo que nos lleva a afirmar que es de nivel social alto. Hay dos versos paralelos cuando menciona a sus padres. Su negativa está bien fundamentada: nunca una joven de la época podría dejar entrar a su enamorado a la casa por la noche sin permiso de los padres. Él le responde con otros dos versos paralelos, donde también se juega con el contraste afirmación/negación: si no es hoy, no será nunca. Agrega el vocativo “querida”, que termina de ubicarla para el lector como su amada. La muerte sería vida si logra estar con ella: aparece el móvil de su visita, que es un intento de salvación a través del amor.

La propuesta de la chica implica riesgos, porque la vía directa (puerta) es imposible. La ventana es alta. Ella va a su habitación de labores domésticas (típicas de una mujer medieval) y le echa “un cordón de seda”. Cordón da idea de fuerza, pero la seda ya anticipa el final, al ser un material frágil. “Subas arriba” es un pleonasmo. Las trenzas eran en esa época símbolo de la pureza y la virginidad de la mujer: ella haría cualquier sacrificio por salvarlo, incluso el de su cabello (que sería metáfora de su reputación, su “buen nombre”).

La fina seda se rompe”. El adjetivo “fina” puede aludir al lo lujoso o a lo frágil. La ruptura del cordón simboliza la separación entre vida y muerte. No hay detalles de la caída, simplemente llega la muerte reclamando que su tiempo ha expirado. El final queda trunco, como es común en los romances, y el destino del enamorado se cumple pese a su intento de salvarse. Entre el amor y la muerte, esta última es la que gana, y se lleva al enamorado.


2.3: “ROMANCE DEL PRISIONERO”



El poema es un romance (por la estructura, porque es fragmentario, usa diminutivos, hay cambios de tiempos verbales, es lírico y narrativo). Se conocen varias versiones; en algunas hay más sucesos y la extensión es de 26 versos más, pero la más conocida es la breve, que consta de solo 16 versos.

En su estructura podemos dividirlo en dos partes: al principio describe el mundo exterior, y luego se centra en la situación del prisionero. La última parte quizás se puede a su vez dividir en dos momentos: descripción de su situación y narración de lo ocurrido al avecilla.

El tono es triste, de lamento. Los temas son la soledad, el dolor, el encierro.

Al comienzo nos ubica en la primavera de España. El primer verso comienza con un “que” declarativo, que es propio de España, y también sugiere un discurso ya comenzado. Se reitera el mes, le da musicalidad y afirma la idea de que va a recordar. “La calor” es un arcaísmo: hoy no es correcto usar el femenino para “calor”.

Destaca el color y aroma de la vegetación, a la vez que los trigos nos llevan a la idea de alimento. Los dos versos son paralelos. Los trigos encañan, crecen, y los campos florecen. Da idea de vida, color, vitalidad, propios de la primavera.

Las aves dialogan; se comunican. Esto contrasta con su soledad. No en vano nombra un ave denominada en femenino y otra en masculino: nos prepara para la mención del amor en los versos siguientes. Va describiendo el mundo a través de diferentes sensaciones: el calor, lo visual, los sonidos. Hay una anáfora al reiterar el comienzo “cuando”. Los enamorados “van a servir al amor”, como si lo obedecieran. Fue planteando todo lo que le falta, en orden de menor a mayor importancia: hay una gradación, una enumeración con un fin en concreto. El recuerdo se va acercando a lo peor que le sucede: la soledad, la falta de pareja, de amor. Todo en el mundo está en plural, excepto él, que está solo.

La segunda parte del poema se centra en el yo lírico. “Sino” funciona como nexo entre una parte y la otra. Es una conjunción adversativa, tiene el sentido de un “pero”, “en cambio”. El afuera en primavera es vida, comunicación, amor, el adentro es oscuridad, encierro, soledad. “Triste” y “cuitado” son redundantes, significan lo mismo. “Cuitado” implica que tiene penas, problemas. No tiene noción del tiempo, y al decirlo sugiere que vive más bien en una eterna noche, porque la menciona en plural: es de día/las noches son. Recordemos que las prisiones medievales muchas veces eran en las mazmorras (subterráneos) de los castillos, y que no había nadie que asegurara que los prisioneros recibieran un trato digno. El poema no da detalles de dónde está, por qué, desde cuándo o hasta cuándo.

La avecilla aparece como su único contacto con el mundo exterior, su esperanza de comunicación con alguien. “Me cantaba” implica que la siente cercana, necesita que otro lo reconozca, sepa de su existencia, le dé su condición de ser humano. El albor, el amanecer, sugiere la luz, la esperanza. Los dos versos finales vuelven a sumergir al prisionero en la noche eterna y la soledad absoluta. “Matómela un ballestero”: él siente que es una acción cometida contra él, como si fuera el dueño de a avecilla. Es un ballestero, cualquiera, no importa quién, pero le desea un castigo. Dios debería castigar al acto de crueldad de dejarlo otra vez sumido en la total soledad y oscuridad. El final es trunco: termina dejando al lector con dudas y preguntas, como todos los romances.



3. GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER: “LOS OJOS VERDES”


(buscar vida y obra del autor)

3.1: Romanticismo

La palabra “romanticismo” puede entenderse en más de un sentido. Por un lado, se refiere a un estado de sensibilidad y jerarquización de los sentimientos. Por otro, alude a un fenómeno artístico concreto: es en este sentido que la utilizaremos aquí. El Romanticismo fue un movimiento de ideas, una forma de concebir al arte que marcó al siglo XIX y cuya influencia perdura en algunos aspectos hasta nuestros días. 



CARACTERÍSTICAS  El romanticismo presenta una serie de características íntimamente relacionadas unas con otras y que se condicionan entre ellas.



INDIVIDUALISMO.  El hombre romántico tiene una conciencia aguda y dolorosa de la propia personalidad, de ser distinto a los demás, y afirma constantemente ese “yo” frente a lo que le rodea. En algunos casos llega a sentirse superior a todo lo otro: exalta su propia sensibilidad, sus emociones, su genio, así como también su desgracia o su infelicidad.

EGOCENTRISMO. Todo va a girar alrededor del yo, por lo tanto frecuentemente habla el romántico en primera persona, a menudo protestando por la incomprensión de su sociedad, por el desconocimiento de su genio individual.

DESENGAÑO. El choque entre el yo romántico y la realidad que no da satisfacción a sus anhelos e ideales produce en el artista romántico un hondo desengaño, un cansancio vital que lo lleva a un violento enfrentamiento con el mundo y a rebelarse contra todas las normas morales, sociales, políticas y religiosas.

LIBERTAD. Hay una exaltación de la libertad; sólo en libertad se alcanza la plenitud. Un poeta español del siglo XIX, Larra, afirma: “libertad en la literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. He aquí la divisa de la época.” En el arte, la libertad está vinculada con lo formal, la negación a dejarse limitar por reglas. En la vida cotidiana, tiene que ver con un estilo libre y desprejuiciado de vivir, conocido en general como “bohemio”. 

SUBJETIVISMO.  Frente a la razón se levanta la bandera el sentimiento, de ahí la importancia de emociones, sueños y fantasías. El hombre romántico profundiza minuciosamente en sí mismo o en sus personajes. Su actitud de búsqueda interior lo lleva a descuidar el mundo que lo rodea y refugiarse en lugares solitarios.

SOLEDAD. El gusto por la soledad se convierte en uno de los temas románticos por excelencia. Esto justifica la preferencia por lugares solitarios como castillos, cementerios, espacios apartados y recónditos. La soledad del romántico nace también de su individualismo, de la afirmación de su yo; en este sentido la soledad produce también dolor y lo lleva a ansiar la integración, la comprensión de los otros, el amor.

IRRACIONALISMO. Se niega que la razón pueda explicar por completo la realidad. Se abandona la idea de que existan verdades fijas e inmutables que puedan ser descubiertas. Este rechazo por la razón y lo racional explica la preferencia de los románticos por lo sobrenatural, lo mágico y misterioso. Tal vez ligado a esto se produce un retorno a la religiosidad.

LA NATURALEZA. Frente a la Naturaleza artificiosa del Neoclasicismo, el artista romántico representa la naturaleza en forma dramática, en movimiento, con preferencia por la ambientación nocturna. Opone al orden, a la mesura y la armonía neoclásicos, el desorden y la falta de proporción. La Naturaleza se identifica con los estados de ánimo del creador, es como una proyección de sus sentimientos y a la vez está por encima de todo, lo que deja traslucir cierta concepción panteísta del universo.

EVASION. Para escapar de ese mundo en el que no encuentra cabida su idealismo extremo, el romántico opta por escapar de la realidad inmediata que no le gusta. Esa evasión puede conducirlo a épocas pretéritas, como la Edad Media, o a lugares lejanos y exóticos, como Oriente o América. La fantasía funciona siempre como forma de evasión de la realidad para el hombre romántico.

EL MAL DEL SIGLO. El romántico es por naturaleza alguien inseguro e insatisfecho, lo que da lugar a una desazón vital. Se habló del “mal del siglo” para referirse a ese estado de ánimo propio de los románticos, compuesto por melancolía, tedio de vivir, insatisfacción, desconsuelo. A veces esto constituía una postura, con más de fingido que de auténtico, como una especie de moda.



3.2: Análisis del texto



Se publicó en 1861, en el diario español “El Contemporáneo”. 

El autor plantea que se trata de una leyenda, pero no lo es del todo. Sí coincide en que es misteriosa, con algo de magia y ubicada en un pasado impreciso, pero no lo es porque se transmitió por escrito y conocemos al autor. 

El título es emblemático, porque anticipa algo de su contenido. 

El narrador al principio es interno y está en primera persona, pero luego pasa a ser externo, en tercera persona y omnisciente (conoce todo sobre los personajes). 

Se ubica en un tiempo impreciso, en la Edad Media (por el tipo de cacería, por usar la ballesta como arma,  por los nobles en castillos, por el lenguaje antiguo). La acción dura unas semanas o a lo sumo un par de meses.

Nombra lugares reales de España (Moncayo, que es una montaña, y la provincia de Soria) y otros ficticios (la fuente de los álamos, el castillo de Fernando). 

Hay tres personajes. Fernando es un joven noble, valiente, cazador, un tanto soberbio y al comienzo maleducado, que llega a destratar a su sirviente Íñigo delante de otras personas. Luego cambia, y es más bien un hombre enamorado y solitario. Es el hijo mayor de un marqués y vive en un castillo. Se enamora del espíritu de la fuente y arriesga todo por ella. Muere por ese amor imposible. Íñigo es un montero, es el que comanda las partidas de caza. Lleva 40 años en ese trabajo, conoce el lugar a la perfección y quiere mucho a Fernando, a quien ha visto nacer. Es modesto y tranquilo, representa la voz de la razón y la sabiduría de un anciano. Conoce las tradiciones y respeta las supersticiones. La mujer de la fuente es la única que se describe físicamente: es bella, rubia, de ojos verdes como esmeraldas, de rizos, con ropas sueltas que llegan hasta el agua y una voz parecida a la música. Confiesa ser un espíritu, vive en el agua y ofrece a Fernando un amor diferente, según ella superior, si se atreve a lanzarse a la fuente. Parece ser una “ondina”, un espíritu del agua que protege su lugar e impide que otros la ensucien, castigando a quien pasa con la muerte. Este tema no es nuevo, ya había relatos sobre este tipo de seres antes de que Bécquer hiciera la leyenda. 

Algunos elementos de análisis: 

El texto comienza con una breve introducción contada en primera persona. Allí se plantea que la idea de la leyenda se origina en el título y que esos ojos verdes quizás fueron soñados por el narrador (no se sabe, es misterioso). Hay algunas metáforas, como: “dejar a capricho volar la pluma” (idea de libertad, de espontaneidad), “boceto de un cuadro” (como si fuera una primera versión del cuento), ojos que son “pintados” (descriptos). Recordemos que Bécquer fue pintor, como toda su familia. Describe los ojos con una larga comparación con la lluvia: eso se llama “símil”, y ya relaciona a los ojos con el agua desde un comienzo. 

La parte 1 cambia a un narrador externo y nos ubica en una cacería. El lenguaje se hace más antiguo, con palabras difíciles. Comienza con un diálogo: Íñigo cuenta que el ciervo está herido y va a morir, pero sorpresivamente toma un camino que, si no lo interceptan, lo hará morir sin que los cazadores lo atrapen, porque es el camino a un sitio prohibido, la fuente de los álamos. Elogia a Fernando como buen cazador, quizás exagerando un poco. Es su primera expedición de caza. Se trata de una cacería importante, con perros, caballos, trompetas, sirvientes, todo para que el señor feudal (Fernando) se luzca. Íñigo da una serie de órdenes para evitar que escape el ciervo, y eso se ve en una acumulación de acciones: córtenle el paso, animen a los perros, suenen trompetas… El sonido de las trompetas se expresa como un “bramido”, que es el sonido de un animal; hay una animación, como si se les diera vida. El “pero” del siguiente párrafo marca el fracaso del intento de cortarle el paso al ciervo. Se escapó “rápido como una saeta” (comparación). A continuación todo se detiene. En el texto se marca con una serie de acciones precedidas por la conjunción “y”: este recurso literario se llama polisíndeton.

Una vez que todo se detiene aparece el protagonista. Fernando es presentado a través de dos metáforas, como “el héroe de la fiesta”. Es el hijo mayor de los marqueses de Almenar, es decir, el heredero de sus posesiones y título. Muy enojado y sorprendido le habla mal a Íñigo por haber dejado escapar al ciervo. El montero le explica el motivo, mencionando al espíritu del mal que habita en la fuente, espíritu que castiga con la muerte al que pase por ahí. El joven no acepta el peligro, y plantea que el ciervo (su primera presa en una cacería) le importa más que toda la riqueza de su familia e incluso más que la paz de su alma (que dice que la perdería ante el diablo antes de dejar escapar al animal). Llega a amenazar al montero, que al final lo deja ir. Todos quedan preocupados por él, e Íñigo al final plantea que ahora ya no lo puede ayudar, y que su destino está en las manos de dios.






4. ANÓNIMO: “LAZARILLO DE TORMES”


4.1: Información de la época y la obra



Es una novela, un relato extenso en prosa en el que intervienen personajes y se desarrollan sucesos en un marco social determinado. Esta obra se ubica en España a mediados del siglo XVI, durante el reinado de Carlos V. 

Podemos encontrar en esa época distintos tipos de novelas:
a) NOVELA DE CABALLERÍA: es la que narra las hazañas de un héroe joven, noble y hermoso, que resulta casi invencible frente a cualquier enemigo, ya sea humano, mago o monstruo. Está por lo general enamorado de una hermosa y virtuosa dama, a quien dedica sus triunfos.
b) NOVELA SENTIMENTAL: tiene por tema el relato de los amores apasionados y trágicos de una pareja, que logra vencer dificultades casi insalvables para llevar a buen término sus sentimientos.
c) NOVELA PASTORIL: también hay un tema amoroso, pero lo más importante es el marco natural en que se ubican los personajes, paisaje muy armónico y pacífico, con pastores cultos, que cantan a sus amadas en bellas poesías.
d) NOVELA PICARESCA: es en cierta forma la antítesis de las otras, ya que habla de problemas tan reales como el hambre, la hostilidad del mundo, la soledad del individuo. Se trata de un género nuevo, propio de España.
Las novelas picarescas son autobiográficas, el propio protagonista cuenta su historia. El pícaro es un ser tan insignificante (socialmente hablando) que no tiene alguien que se ocupe de contar su vida, a diferencia del héroe caballeresco que siempre tiene alguien que cuenta sus hazañas.
Estas novelas se presentan como una sucesión de episodios, y tienen como personaje central a un muchacho que pasa por muchos amos y atraviesa una serie de conflictos resueltos con humor. No hay grandes pasiones, y su protagonista es con frecuencia antiheroico. Se define al pícaro como unmuchacho de familia pobre, que por alguna razón queda solo y debe defenderse a sí mismo, no tuvo educación, a veces anda en malas compañís y se gana la vida como puede. Pide limosna, realiza trabajos temporales, va de ciudad en ciudad, muchas veces a las órdenes de un amo. La necesidad de vivir lo hace caer en pequeños delitos, muchas veces por hambre, pero sin ejercer violencia física contra otras personas. Por lo general no quiere cambiar esa vida, prefiere ser nómade y sin reglas antes que tener un trabajo y lugar fijo donde vivir.
“Lazarillo de Tormes” no coincide en todos los aspectos porque él trata de cambiar su suerte, y se siente feliz cuando lo logra. Esta novela no es una típica obra picaresca sino un antecedente de la misma. En “Lazarillo” la visión pesimista es menos fuerte, aunque hay un fondo trágico que el humor no puede borrar. Lázaro es simpático, con una alegría de vivir típicamente renacentista.


El título es “Vida de Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades”. En cuanto a la fecha, se supone que tuvo una primera edición en el año 1553, que no se ha conservado. En 1554 se edita la obra en tres ciudades, y cinco años más tarde se prohíbe su circulación en España, aunque muchos ejemplares entraron por los países limítrofes. En 1573 se publica “Lazarillo castigado”, una versión censurada de la obra, sin los fragmentos que más criticaban al clero, y no volvió a ser editada completa hasta el siglo XIX. La fecha de composición (cuándo fue escrita) es incierta, pero en el texto se menciona la batalla de los Gelves, contra los moros (que fue en 1510 o 1520) y las cortes de Toledo (en 1525 y 1538).


El autor de la obra prefirió ocultar su identidad, no se sabe con certeza quién fue. Quizás fuera un político o religioso que no quiso arriesgar su prestigio, o alguien temeroso de las consecuencias por algunas críticas a la Iglesia que allí aparecen. Hubo escritores que hicieron continuaciones para la obra, incluso en pleno siglo XX.


En cuanto a la estructura, la novela cuenta en primera persona la vida de un joven que pasa de amo en amo, desde su infancia hasta su juventud. La obra está desarrollada como una sucesión de episodios de desigual extensión. Se organiza en siete tratados y un prólogo (aunque esta división no estaba en el texto original) y su unidad se asegura por el personaje central, siempre presente. Los amos sirven para presentar a distintas clases de personas de la época: mendigos, curas, nobles empobrecidos, etc.


El argumento de la novela muestra el estado de miseria y deshonor al que las circunstancias habrían conducido a Lázaro. Los tres primeros tratados están centrados en el tema del hambre y últimos tienen en común el deseo de ascenso social y el paralelo descenso moral del protagonista. Lazarillo va madurando y perdiendo ingenuidad a lo largo de la obra, hasta terminar en el desilusionado conformismo del final, cuando acepta una situación indigna al ser engañado por su esposa –si bien nunca lo reconoce abiertamente- con el jefe de ambos, el Arcipreste de San Salvador, a cambio de casa, ropa y trabajo.
El estilo en este libro es sobrio, las descripciones y los diálogos son sencillos, sin elementos fantásticos. La novedad de la obra estaba en el uso de la primera persona: toda la novela parece ser una carta dirigida a alguien a quien el protagonista llama “vuestra merced”. Lázaro no cuenta toda su vida, sino aquello que quiere mostrar para explicar (y justificar) su forma de vivir.


4.2: Análisis del texto


Lazarillo de Tormes, tratado 1: análisis literario (copiado de http://literaturacuarto.blogspot.com/)


El título del tratado nos aporta algunos datos sobre lo narrado en este capítulo. Primeramente tenemos la mención del personaje protagónico por medio del nombre, luego dice que dirá quiénes son sus padres, “cuyo hijo fue” y que contará su vida. En realidad, en este tratado contará su nacimiento y el comienzo de su vida de pícaro.
El relato comienza con un “pues” que establece la relación con el Prólogo que lo antecede y nos hace notar la continuación de un razonamiento. Sus palabras tienen un destinatario, que desconocemos y a quien trata con respeto: “vuestra merced”.
El primer dato que aporta es el de su nombre, o más bien cómo le dicen ya que indica “ a mi llaman Lázaro de Tormes”, no sabemos si es nombre o sobrenombre. El mismo tiene reminiscencias bíblicas y relación con su primer oficio: ser guía de un ciego (definición de lázaro). El segundo dato que aporta es el lugar de origen, Tormes. La forma en que el dato nos es presentado tiene relación con la forma en que lo hacían los protagonistas de las novelas de caballerías, notándose cierto dejo irónico, dado que su vida y nacimiento nada tienen que ver con la de un héroe caballeresco. El sobrenombre “de Tormes” lo toma por haber nacido en dicho río, relato que hace en forma muy veloz, como su propio nacimiento, contando este hecho sin detalles: “preñada de mi, tomóle el parto y parióme allí”
Posteriormente nombra a sus padres, de quienes nos dice sus nombres y su lugar de origen. Interesa resaltar la sencillez de dichos nombres: Tomé González y Antona Pérez. Son nombres comunes, de un solo apellido que indican que no son personas de alto nivel social.
Se menciona que su padre trabaja como proveedor de un molino, “fue molinero durante quince años”. Al recordar el hecho y mencionar al padre se observa una anticipación de que cometió alguna falta al decir: “Mi padre, que Dios lo perdone”.
Luego del nacimiento salta, cronológicamente, hasta la edad de ocho años, lo cual gana en verosimilitud porque es la edad de la memoria y es creíble que el protagonista recuerde lo que sucedió: el apresamiento de su padre. La frase utilizada es que “achacaron a mi padre” lo cual indica, por un lado cierta duda si realmente realizó o no el delito y por otro la inocencia de un niño de ocho años. El delito se describe como “sangrías” utilizando el término popular que hace referencias a los cortes de cirujanos o barberos para aliviar dolores. Estas sangrías (simetría con el padrastro y con él mismo que también las realizan) hechas por el padre fueron “mal hechas” observándose la ambigüedad del lenguaje ya que el término alude a que fue descubierto y por otro lado señala una falta moral. A partir de allí las acciones son sucesivas y la utilización del polisíndeton cumple la función de marcar la rapidez con la que se realizaron. Se afirma, “confesó e no negó”, recordando la figura de Cristo y posee reminiscencias bíblicas (San Juan y San Mateo). Asimismo se señala que “padeció persecución por justicia”, se apela al doble sentido ya que se procura hacer referencia a la Justicia como valor, pero su sentido lineal referiría a los ejecutores de la misma. Su castigo es el destierro, lo que lo aleja de su familia, “por el desastre ya dicho”, observándose nuevamente la ambigüedad del lenguaje dado que el término desastre puede aludir por un lado al acontecimiento familiar y por otro al desastre de la armada de la expedición de Gelves. Al ser desterrado pasa a servir a un caballero y su función es la de cuidar las mulas de carga “acemilero” y por éste motivo debe seguir a su señor cuando este va a “cierta armada contra los moros”. La muerte le llega como “leal criado”, observándose un tono irónico dado que se apunta a la situación desvalida de los sirvientes de los caballeros, que aún sin desearlo debían acompañar a sus amos en las batallas.
Al morir el padre (“feneció su vida”) hecho que parece no despertar emociones en Lázaro, tal vez por la edad que tenía cuando la separación; su “viuda madre” se ve “sin marido y sin abrigo”, es decir necesitada de protección. Por este motivo decide “arrimarse a los más buenos” consejo que seguirá Lázaro en el Tratado VII que tiene corte popular.
Está decisión trae aparejada un gran cambio en la vida de ambos ya que emigran del campo y “vínose a la ciudad” (se observa cómo el futuro de Lázaro se encuentra en la manos de su madre, ella es quien realiza las acciones). Allí alquila una “casilla” diminutivo que da cuenta de la pobreza así como del tamaño. Se hace presente nuevamente el polisíndeton “y” para referirse a lo rápido de las acciones. Debe salir a trabajar y se dedica a “guisar de comer a ciertos estudiantes” y a lavar. El adjetivo “ciertos” alude a la mala fama de éstos, tan lejano de su intención de acercarse a los buenos. Estas labores la llevaron a “ir frecuentando las caballerizas”, frase llena de ambigüedad. El gerundio “frecuentando” y la noción de lapso temporal que implica es complementado con la alusión de que ella y un hombre “vinieron en conocimiento” refiriéndose a la dupla necesidad/ocasión y al sentido bíblico de estrechar relaciones (relacionamiento sexual)
Este hombre era un “moreno de aquellos que a las bestias curaban”, la tarea que desempeña nos indica lo descendido que se encuentran en la escala social. La relación del moreno con Lázaro se presenta como una evolución evidenciada a través de los calificativos empleados para con el hombre: inicialmente se habla del temor que surge por un elemento objetivo su color y por uno subjetivo el “mal gesto”; en un segundo momento ese miedo es cambiado por cierta simpatía ya que desde los ojos de niño se ve cómo la situación mejora por los alimentos que el mismo trae (“vi que con su venida mejoraba el comer”) y por último surge el cariño supeditado a su estómago “fuile queriendo bien”, el gerundio muestra la transformación gradual. Desde aquí ya se observa el hambre como motor de la acción y de la afectividad.
De la relación entre la madre y el Zaide nace un “negrito muy bonito”. Lázaro ha asumido al moreno como padrastro y el nacimiento de un hermano le produce alegría e incluso ayuda a cuidarlo. Se narra un hecho gracioso relacionado con el color del Zaide, y que da lugar a una reflexión sarcástica del pícaro adulto o del converso: “cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros, porque no se ven a si mismos”; y que se ve complementado con el posterior comentario de la falta del padrastro en tanto “esclavo del amor” con la de los frailes y los clérigos.
Por primera vez nombre al moreno “Zaide” (Señor en árabe, irónico nombre para un esclavo. Se enumeran los alimentos que hurtaba Zaide que era para alimentar a las bestias, observándose un robo por necesidad. También se presenta la justificación de dicho robo mencionando por primera y única vez en el texto al amor, “pobre esclavo del amor”. Dos son los castigos que recibe el moreno, por un lado físico “azotaron y pringaron” y por otro afectivo ya que es separado de su familia. Segunda separación para Lázaro por similar motivo. El propio niño es interrogado y en su inocencia confiesa, su madre es amenazada y se aleja para por un instinto de supervivencia (“soga tras el caldero”) y para cuidarse de las “malas lenguas”.
Se hace uso en este caso de la elipsis narrativa reduciendo los hechos a unos pocos datos relevantes, por ejemplo la mención del mesón de la Solana y que allí terminó de criar a sus hijos y cómo su hijo mayor la ayudaba en sus tareas. Hasta aquí se extiende la apertura del Tratado I.
En esta situación, trabajando en el mesón, es que lo encuentra el ciego. Este personaje es típico de las novelas picarescas, vive del engaño con oraciones destinadas a distintos usos que muestran su falsa religión y cuya característica principal es la avaricia. Este personaje será determinante en la vida del protagonista ya que es quien lo introduce en condición de pícaro.
Al ser pedido a la madre para “adestralle”, como compañía, esta no duda y asiente inmediatamente, “me encomendó a él”; para convencer al ciego que ha hecho una buena elección la madre menciona el origen de Lázaro de forma irónica: su padre fue un “buen hombre” y murió cierto en la de Gelves, pero no para “ensalzar al fe” sino porque estaba obligado a ir, completando la ironía al referirse a Lázaro: “no saldría peor que mi padre”. La función de la madre queda en este momento delegada y ella mismo lo llama “huérfano”, procurando mover a piedad al ciego. Este responde con aparente afectividad y afirma que lo va a tratar “como a un hijo”, sarcasmo que le funciona con la madre. Así Lázaro se unirá a su “nuevo y viejo amo” (antítesis, expresión binaria su relación con el ciego es nueva pero éste es un anciano)
Cuando Lázaro se despide de su madre, ésta le da los últimos consejos al enmarcar el futuro de la relación entre ellos “no te veré más” y le pide que sea “bueno” término que refiere tanto a lo moral como a lo social, recordándole su misión de “arrimarse a los buenos”. Lo encomienda a Dios y no al ciego. Esta intervención muestra que la afectividad no es característica de los personajes madre/pícaro en la novela picaresca. Aunque no tiene la certeza, le dice a Lázaro, con “buen amo te he puesto” aludiendo posiblemente a la bondad por un lado y por otro a que ayudará a su hijo de salir de la pobreza. Se despide dándole un último consejo, “válete por ti mismo” lo prepara para la soledad y los peligros que vivirá. El protagonista se aleja de su madre y de Salamanca comenzando una nueva vida.


5. ANA MARÍA MATUTE: “LA CONCIENCIA”


Buscar vida y obra de la autora. Analizar el tema del cuento, cómo es el título, describir a los personajes y tratar de determinar qué secretos se sugieren o explicitan en el cuento.



6. MARIO BENEDETTI: “NIÑOQUEPIENSA”


Buscar vida y obra del autor.

Se trata de un texto escrito en un lenguaje sencillo, sin muchos recursos literarios. Algunos términos o expresiones pueden resultar difíciles de entender, pero es porque han caído en desuso, no porque originalmente fueran complicados.

El cuento fue publicado originalmente en el semanario Marcha en 1956.

Además de la falta total de signos de puntuación (excepto el punto final), llama la atención el uso muy frecuente de la conjunción copulativa “y”. Con esa reiteración tal vez se busca dar mayor fluidez al discurso, a la vez que se imita el lenguaje infantil, que suele no tener conectores más complejos. Este es un recurso literario, una reiteración intencional por parte del autor, y se llama “polisíndeton”. La forma de denominar a sus progenitores oscila entre “el Viejo”, “la Vieja” y los

más afectuosos “Papá” y “Mamá”. Al referirse a la madre la mayor parte de las veces usa la forma más afectuosa, en cambio al padre la mayor parte del tiempo lo llama “el Viejo”. Su familia parece ser la típica familia de clase media o media/baja de los años 50', donde el padre es quien sale a trabajar y toma las decisiones, en tanto la madre se queda en el hogar y solamente actúa como mensajera, al contarle las travesuras que hizo el niño durante el día.

El protagonista no manifiesta sentirse muy molesto al comienzo de la penitencia: está “despatarrado en la cama”, “como un rey”, no le importa quedarse sin flan porque lo comerá mañana “y es mucho mejor comerlo frío”: su forma de no asumir la penitencia es declarando que no la sufre. A medida que pasa el tiempo se empieza a aburrir, quiere ir al baño, y eso lo lleva a ir planeando pequeñas venganzas. Esto comienza cuando se da cuenta de que no sabrá por ahora el resultado del partido, porque está en cerrado y a oscuras.

Hay varias alusiones políticas en el texto: se menciona al “Tacho” (dictador de Nicaragua), a “la quince” (una lista política del Partido Colorado), por ejemplo. En el texto hay varias veces reiteraciones de palabras seguidas: “memato memato memato” (uniendo allí dos palabras), o “aburrido aburrido aburrido”, entre otras. Los episodios (radioteatros) son escuchados por mujeres de clase media o baja (como la madre del niño y la vecina), pero sus personajes y ambientes son declase alta: hay allí una institutriz, un mayordomo, un conde… Aparece la fascinación por lo que no se tiene, el gusto por lo lujoso, que también vimos antes como característica de los romances.

Los planes de “venganza” son típicamente infantiles: romper cosas hacer lo que ahora no le es permitido. El chiste final se da ante la posibilidad de intromisión del niño en la vida adulta, revelando opiniones del padre ante la autoridad, en este caso su jefe. Hay allí un deseo de meter al padre en problemas, pero también una inconsciencia infantil, producto del desconocimiento de lo que significa el último término mencionado, así como la falta de previsión de las consecuencias que esta “revelación” podría acarrearle al padre. Obviamente, este es un texto humorístico, y el dejar para el final la palabra “cornudo” lleva a la risa final por parte del lector.



martes, 15 de octubre de 2019

INFORMACIÓN GENERAL SOBRE CERVANTES Y “DON QUIJOTE”

INFORMACIÓN GENERAL SOBRE CERVANTES Y “DON QUIJOTE”

SIGLOS DE ORO ESPAÑOLES

Se conoce con este nombre a un período muy importante para España en lo artístico y literario. Abarca los siglos XVI y XVII, Renacimiento y Barroco respectivamente, época que el español de hoy recuerda a la vez con orgullo (por el esplendor artístico, por la unificación nacional) y vergüenza (por la rígida diferenciación de clases y el racismo existentes en su país por entonces).

RENACIMIENTO

Es una época en que resurgen las ideas y formas de la Antigüedad clásica, modificadas por la influencia de la Edad Media y el cristianismo. Se quiere restaurar el ideal educativo de la Antigüedad, que apuntaba a formar al hombre por igual en lo físico, moral, intelectual y artístico.
Se produce un movimiento cultural nuevo, el Humanismo, iniciado en Italia, que considera al hombre el centro del universo y dedica sus esfuerzos al estudio de las letras humanas. Adquieren gran importancia las universidades y florecen los “mecenas”, los protectores de los artistas.
La cultura renacentista es individualista, el hombre como centro del mundo. Es optimista, se piensa que el universo y la naturaleza están a disposición del ser humano, que se cree capaz de dominarlos racionalmente.
España se encuentra unificada en lo político (monarquía), en lo religioso (catolicismo) y en lo lingüístico (castellano), pero esa unidad es todavía inestable.
Pese a las riquezas obtenidas de América, los gastos de las continuas guerras llevaron a la pobreza. Los campos se van despoblando y aumentan los impuestos. Culturalmente, el panorama se va haciendo cada vez más difícil, se publican listas de libros prohibidos y se censura previamente cualquier publicación. La Iglesia y el Estado tienen un fuerte control de todos los asuntos humanos, incluyendo el arte. La literatura del Renacimiento en general busca la perfección, el orden, la claridad, sencillez, equilibrio y simetría. Es un arte para minorías, severo y exquisito.

BARROCO

No se produce una ruptura con el Renacimiento, sino una continuidad y evolución. Es un período visto como confuso, caprichoso y falto de reglas, con una actitud de angustia y decepción, por oposición a la euforia renacentista. Se vuelve a insistir en ideas medievales como la brevedad de la vida, el desengaño, una concepción negativa del mundo.
En las artes se utilizan las figuras en movimiento, con gran detallismo y expresividad, contrastes y perspectivas sorprendentes. “El arte barroco sustituye la serenidad y severidad del arte clásico por un arte acumulativo que busca impresionar los sentidos y la imaginación con estímulos poderosos e inusuales”. Apunta al entendimiento a través de imágenes brillantes y juegos de conceptos, y al sentimiento, excitando la admiración, el terror, la compasión y sorpresa del lector. Toca temas pintorescos, grotescos o monstruosos, y se caracteriza por el gusto por lo irregular, lo complicado, la exageración, los contrastes e ironías.
El XVII es un siglo de crisis, en el que España ha perdido su supremacía en el continente, las ganancias de las Indias se hacen menores, hay guerras, epidemias, decaen la agricultura, la industria y el comercio. La burguesía va perdiendo influencia, la nobleza y el clero acaparan las tierras, dejando gran parte de los campos sin cultivar. La miseria se extiende entre las clases populares, que abandonan el campo, donde la delincuencia es un fenómeno común, y buscan la supervivencia en las grandes ciudades, en las que crece de modo alarmante el número de desempleados, mendigos, pícaros y ladrones.

Miguel de Cervantes (1547-1616)

Típico hombre renacentista, su vida se dividió entre las armas y las letras. En ambas su labor fue destacada, aunque no igualmente reconocida. Participó en varias batallas, incluyendo la de Lepanto, donde perdió el uso de la mano izquierda. Fue hecho prisionero por piratas turcos, y debió estar cautivo en Argel en espera de un rescate durante cinco años. A su regreso a España se encontró en la mayor pobreza, por lo cual tuvo que desempeñar diversos oficios, hasta el de recaudador de impuestos para la Armada Invencible, que lo lleva a la cárcel en 1602 por deudas y quiebras de sus aseguradores. Tal vez fue en prisión que comenzó a escribir su obra maestra, Don Quijote.
A partir de la derrota de la Armada Invencible, en 1588, se inicia en España un sentimiento de fracaso generalizado: ya no existe la esperanza de un dominio español mayor. Las novelas de caballerías que satiriza Cervantes en el Quijote habían sido leídas por hombres que creían posible la mayor grandeza. América guardaba para ellos misterios, leyendas, aventuras, todo lo que termina en la época en que aparece esta novela. Este es un tiempo de desengaño, de choque entre la realidad presente y la soñada.
La obra de Cervantes comprende poesía lírica, narraciones y obras dramáticas. En cuanto a las novelas, escribe novelas pastoriles (“La Galatea”), caballerescas (“Don Quijote”), de aventuras (“Los trabajos de Persiles y Segismunda”) y una serie de doce novelas breves, de intención moralizante, que él llama “novelas ejemplares”.
Desde la publicación en España de la novela de caballerías “Amadís de Gaula”, los lectores comienzan a deleitarse con las historias grandiosas, aunque inverosímiles, propias de este tipo de obras. Cervantes también las leyó, pero con mirada crítica. Les critica su falta de enseñanza, que no tienen verdad histórica, que no son verosímiles, que su estilo es muy artificioso. De allí que las parodie en la obra que estudiaremos. Allí hay también personajes y situaciones propios de la novela pastoril y picaresca, si bien el autor no se burla de ellos, tal vez sintiéndolos más cercanos espiritualmente.

“EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA”

Esta obra es hoy considerada el origen de la novela moderna, obra maestra de su autor. Su primera parte apareció publicada en 1605.
Comienza con una dedicatoria al duque de Béjar, protector de Cervantes, seguida de un prólogo donde el autor, critica a ciertos escritores de su época, deseosos de mostrar su cultura. Era frecuente que las obras aparecieran acompañadas por elogios de personas importantes: Cervantes plantea que un amigo le aconsejó inventarlos, ya que no los tenía. Es por eso que a continuación hay una serie de poemas dedicados a Don Quijote, a Dulcinea, a Sancho, poemas firmados por personajes de ficción, que terminan con un diálogo en verso entre el caballo del Cid y el de Don Quijote. La narración propiamente dicha se articula en 52 capítulos, en los cuales se relatan dos salidas del personaje, una en la que va solo y otra en que es acompañado por Sancho, como escudero. Este último es el complemento perfecto para el idealismo de Don Quijote, ya que es un personaje práctico, que sólo cree lo que ve, con lo cual la percepción de la “realidad” no siempre es la misma para el caballero y el escudero. Otros, como el cura y el barbero, reaparecen en distintas partes de la novela. Además hay gran cantidad de personajes episódicos, cada uno con su historia, que complican la intriga.
En 1614, mientras Cervantes estaba escribiendo la segunda parte de la novela, aparece la continuación de la misma, firmada por Fernández de Avellaneda, seudónimo de un autor que no se dio a conocer. Es la suya una versión inferior, con un Quijote antipático y empequeñecido, sin mayor éxito. Esto motivó a Cervantes a desmentirlo reiteradas veces en su segunda parte, que aparece en 1615. Está dedicada al Conde de Lemos, otro protector, y consta de 74 capítulos. Termina con la muerte del personaje, para evitar continuaciones.
Cervantes, quien se presenta como autor del prólogo y narración de ambas partes, aparece como recopilador de distintas tradiciones. Afirma la existencia de autores que escribieron sobre el Quijote, para darle verosimilitud, y a partir del capítulo 9 dice apelar a un supuesto manuscrito árabe, de un tal Cide Hamete Benengeli, que parece agotarse en la primera parte, pero reaparece sin explicaciones en la segunda.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Horacio Quiroga

EL DESIERTO (El desierto y otros cuentos, 1924)

         La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit.
         El hombre conocía bastante bien su río, para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa.
         La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.
         Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no se oía tampoco ahora un solo trueno.
         Lluvia para toda la noche —pensó. Y volviéndose a sus acompañantes, que se mantenían mudos en popa:
         —Pónganse las capas —dijo brevemente—. Y sujétense bien.
         En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y dos o tres veces el remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido. Pero aun a trueque de romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la fronda, pues de apartarse cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda la noche delante de su puerto, sin lograr verlo.
         Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero avanzó un rato aún. Las gotas caían ahora más densas, pero también con mayor intermitencia. Cesaban bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de dónde. Y recomenzaban otra vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de nuevo en la misma oscuridad y la misma depresión de atmósfera.
         —Sujétense bien —repitió Subercasaux a sus dos acompañantes—. Ya hemos llegado.
         En efecto, acababa de entrever la escotadura de su puerto.
         Con dos vigorosas remadas lanzó la canoa sobre la greda, y mientras sujetaba la embarcación al piquete, sus dos silenciosos acompañantes saltaban a tierra, la que a pesar de la oscuridad se distinguía bien, por hallarse cubierta de miríadas de gusanillos luminosos que hacían ondular el piso con sus fuegos rojos y verdes.
         Hasta lo alto de la barranca, que los tres viajeros treparon bajo la lluvia, por fin uniforme y maciza, la arcilla empapada fosforeció. Pero luego las tinieblas los aislaron de nuevo; y entre ellas, la búsqueda del sulky que habían dejado caído sobre las varas.
         La frase hecha: “No se ve ni las manos puestas bajo los ojos”, es exacta. Y en tales noches, el momentáneo fulgor de un fósforo no tiene otra utilidad que apretar enseguida la tiniebla mareante, hasta hacernos perder el equilibrio.
         Hallaron, sin embargo, el sulkv, mas no el caballo. Y dejando de guardia junto a una rueda a sus dos acompañantes, que, inmóviles bajo el capuchón caído, crepitaban de lluvia, Subercasaux fue espinándose hasta el fondo de la picada, donde halló a su caballo naturalmente enredado en las riendas.
         No había Subercasaux empleado mas de veinte minutos en buscar y traer al animal; pero cuando al orientarse en las cercanías del sulky con un:
         —¿Están ahí, chiquitos? —oyó.
         —Si, piapiá.
         Subercasaux se dio por primera vez cuenta exacta, en esa noche, de que los dos compañeros que había abandonado a la noche y a la lluvia eran sus dos hijos, de cinco y seis años, cuyas cabezas no alcanzaban al cubo de la rueda, y que, juntitos y chorreando esperaban tranquilos a que su padre volviera.
         Regresaban por fin a casa, contentos y charlando. Pasados los instantes de inquietud o peligro, la voz de Subercasaux era muy distinta de aquella con que hablaba a sus chiquitos cuando debía dirigirse a ellos como a hombres. Su voz había bajado dos tonos; y nadie hubiera creído allí, al oír la ternura de las voces, que quien reía entonces con las criaturas era el mismo hombre de acento duro y breve de media hora antes. Y quienes en verdad dialogaban ahora eran Subercasaux y su chica, pues el varoncito —el menor— se había dormido en las rodillas del padre.
         Subercasaux se levantaba generalmente al aclarar; y aunque lo hacía sin ruido, sabía bien que en el cuarto inmediato su chico, tan madrugador como él, hacía rato que estaba con los ojos abiertos esperando sentir a su padre para levantarse. Y comenzaba entonces la invariable fórmula de saludo matinal de uno a otro cuarto:
         —¡Buen día, piapiá!
         —¡Buen día, mi hijito querido!
         —¡Buen día, piapiacito adorado!
         —¡Buen día, corderito sin mancha!
         —¡Buen día, ratoncito sin cola!
         —¡Coaticito mío!
         —¡Piapiá tatucito!
         —¡Carita de gato!
         —¡Colita de víbora!
         Y en este pintoresco estilo, un buen rato más. Hasta que, ya vestidos, se iban a tomar café bajo las palmeras en tanto que la mujercita continuaba durmiendo como una piedra, hasta que el sol en la cara la despertaba.
         Subercasaux, con sus dos chiquitos, hechura suya en sentimientos y educación, se consideraba el padre más feliz de la tierra. Pero lo había conseguido a costa de dolores más duros de los que suelen conocer los hombres casados.
         Bruscamente, como sobrevienen las cosas que no se conciben por su aterradora injusticia, Subercasaux perdió a su mujer. Quedó de pronto solo, con dos criaturas que apenas lo conocían, y en la misma casa por él construida y por ella arreglada, donde cada clavo y cada pincelada en la pared eran un agudo recuerdo de compartida felicidad.
         Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero, lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar.
         Conoció la necesidad perentoria y fatal, si se quiere seguir viviendo, de destruir hasta el último rastro del pasado, cuando quemó con los ojos fijos y secos las cartas por él escritas a su mujer, y que ella guardaba desde novia con más amor que sus trajes de ciudad. Y esa misma tarde supo, por fin, lo que es retener en los brazos, deshecho al fin de sollozos, a una criatura que pugna por desasirse para ir a jugar con el chico de la cocinera.
         Duro, terriblemente duro aquello... Pero ahora reía con sus dos cachorros que formaban con él una sola persona, dado el modo curioso como Subercasaux educaba a sus hijos.
         Las criaturas, en efecto, no temían a la oscuridad, ni a la soledad, ni a nada de lo que constituye el terror de los bebés criados entre las polleras de la madre. Más de una vez, la noche cayó sin que Subercasaux hubiera vuelto del río, y las criaturas encendieron el farol de viento a esperarlo sin inquietud. O se despertaban solos en medio de una furiosa tormenta que los enceguecía a través de los vidrios, para volverse a dormir enseguida, seguros y confiados en el regreso de papá.
         No temía a nada, sino a lo que su padre les advertía debían temer; y en primer grado, naturalmente, figuraban las víboras. Aunque libres, respirando salud y deteniéndose a mirarlo todo con sus grandes ojos de cachorros alegres, no hubieran sabido qué hacer un instante sin la compañía del padre. Pero si éste, al salir, les advertía que iba a estar tal tiempo ausente, los chicos se quedaban entonces contentos a jugar entre ellos. De igual modo, si en sus mutuas y largas andanzas por el monte o el río, Subercasaux debía alejarse minutos u horas, ellos improvisaban enseguida un juego, y lo aguardaban indefectiblemente en el mismo lugar, pagando así, con ciega y alegre obediencia, la confianza que en ellos depositaba su padre.
         Galopaban a caballo por su cuenta, y esto desde que el varoncito tenía cuatro años. Conocían perfectamente —como toda criatura libre— el alcance de sus fuerzas , y jamás lo sobrepasaban. Llegaban a veces , solos, hasta el Yabebirí, al acantilado de arenisca rosa.
         —Cerciórense bien del terreno, y siéntense después —le había dicho su padre.
         El acantilado se alza perpendicular a veinte metros de un agua profunda y umbría que refresca las grietas de su base. Allá arriba, diminutos, los chicos de Subercasaux se aproximaban tanteando las piedras con el pie. Y seguros, por fin, se sentaban a dejar jugar las sandalias sobre el abismo.
         Naturalmente, todo esto lo había conquistado Subercasaux en etapas sucesivas y con las correspondientes angustias.
         —Un día se mata un chico —decíase—. Y por el resto de mis días pasaré preguntándome si tenía razón al educarlos así.
         Sí, tenía razón. Y entre los escasos consuelos de un padre que queda solo con huérfanos, es el más grande el de poder educar a los hijos de acuerdo con una sola línea de carácter.
         Subercasaux era, pues, feliz, y las criaturas sentíanse entrañablemente ligadas a aquel hombrón que jugaba horas enteras con ellos, les enseñaba a leer en el suelo con grandes letras rojas y pesadas de minio y les cosía las rasgaduras de sus bombachas con sus tremendas manos endurecidas.
         De coser bolsas en el Chaco, cuando fue allá plantador de algodón, Subercasaux había conservado la costumbre y el gusto de coser. Cosía su ropa, la de sus chicos, las fundas del revólver, las velas de su canoa, todo con hilo de zapatero y a puntada por nudo. De modo que sus camisas podían abrirse por cualquier parte menos donde él había puesto su hilo encerado.
         En punto a juegos, las criaturas estaban acordes en reconocer en su padre a un maestro, particularmente en su modo de correr en cuatro patas, tan extraordinario que los hacía enseguida gritar de risa.
         Como, a más de sus ocupaciones fijas, Subercasaux tenía inquietudes experimentales, que cada tres meses cambiaban de rumbo, sus hijos, constantemente a su lado, conocían una porción de cosas que no es habitual conozcan las criaturas de esa edad. Habían visto —y ayudado a veces— a disecar animales, fabricar creolina, extraer caucho del monte para pegar sus impermeables; habían visto teñir las camisas de su padre de todos los colores, construir palancas de ocho mil kilos para estudiar cementos; fabricar superfosfatos, vino de naranja, secadoras de tipo Mayfarth, y tender, desde el monte al bungalow, un alambre carril suspendido a diez metros del suelo, por cuyas vagonetas los chicos bajaban volando hasta la casa.
         Por aquel tiempo había llamado la atención de Subercasaux un yacimiento o filón de arcilla blanca que la última gran bajada del Yabebirí dejara a descubierto. Del estudio de dicha arcilla había pasado a las otras del país, que cocía en sus hornos de cerámica —naturalmente, construido por él—. Y si había de buscar índices de cocción, vitrificación y demás, con muestras amorfas, prefería ensayar con cacharros, caretas y animales fantásticos, en todo lo cual sus chicos lo ayudaban con gran éxito.
         De noche, y en las tardes muy oscuras del temporal, entraba la fábrica en gran movimiento. Subercasaux encendía temprano el horno, y los ensayistas, encogidos por el frío y restregándose las manos, sentábanse a su calor a modelar.
         Pero el horno chico de Subercasaux levantaba fácilmente mil grados en dos horas, y cada vez que a este punto se abría su puerta para alimentarlo, partía del hogar albeante un verdadero golpe de fuego que quemaba las pestañas. Por lo cual los ceramistas retirábanse a un extremo del taller, hasta que el viento helado que filtraba silbando por entre las tacuaras de la pared los llevaba otra vez, con mesa y todo, a caldearse de espaldas al horno.
         Salvo las piernas desnudas de los chicos, que eran las que recibían ahora las bocanadas de fuego, todo marchaba bien. Subercasaux sentía debilidad por los cacharros prehistóricos; la nena modelaba de preferencia sombreros de fantasía, y el varoncito hacía, indefectiblemente, víboras.
         A veces, sin embargo, el ronquido monótono del horno no los animaba bastante, y recurrían entonces al gramófono, que tenía los mismos discos desde que Subercasaux se casó y que los chicos habían aporreado con toda clase de púas, clavos, tacuaras y espinas que ellos mismos aguzaban. Cada uno se encargaba por turno de administrar la máquina, lo cual consistía en cambiar automáticamente de disco sin levantar siquiera los ojos de la arcilla y reanudar enseguida el trabajo. Cuando habían pasado todos los discos, tocaba a otro el turno de repetir exactamente lo mismo. No oían ya la música, por resaberla de memoria; pero les entretenía el ruido.
         A la diez los ceramistas daban por terminada su tarea y se levantaban a proceder por primera vez al examen crítico de sus obras de arte, pues antes de haber concluido todos no se permitía el menor comentario. Y era de ver, entonces, el alborozo ante las fantasías ornamentales de la mujercita y el entusiasmo que levantaba la obstinada colección de víboras del nene. Tras lo cual Subercasaux extinguía el fuego del horno, y todos de la mano atravesaban corriendo la noche helada hasta su casa.
         Tres días después del paseo nocturno que hemos contado, Subercasaux quedó sin sirvienta; y este incidente, ligero y sin consecuencias en cualquier otra parte, modificó hasta el extremo la vida de los tres desterrados.
         En los primeros momentos de su soledad, Subercasaux había contado para criar a sus hijos con la ayuda de una excelente mujer, la misma cocinera que lloró y halló la casa demasiado sola a la muerte de su señora.
         Al mes siguiente se fue, y Subercasaux pasó todas las penas para reemplazarla con tres o cuatro hoscas muchachas arrancadas al monte y que sólo se quedaban tres días por hallar demasiado duro el carácter del patrón.
         Subercasaux, en efecto, tenía alguna culpa y lo reconocía. Hablaba con las muchachas apenas lo necesario para hacerse entender; y lo que decía tenía precisión y lógica demasiado masculinas. Al barrer aquéllas el comedor, por ejemplo, les advertía que barrieran también alrededor de cada pata de la mesa. Y esto, expresado brevemente, exasperaba y cansaba a las muchachas.
         Por el espacio de tres meses no pudo obtener siquiera una chica que le lavara los platos. Y en estos tres meses Subercasaux aprendió algo más que a bañar a sus chicos.
         Aprendió, no a cocinar, porque ya lo sabía, sino a fregar ollas con la misma arena del patio, en cuclillas y al viento helado, que le amorataba las manos. Aprendió a interrumpir a cada instante sus trabajos para correr a retirar la leche del fuego o abrir el horno humeante, y aprendió también a traer de noche tres baldes de agua del pozo —ni uno menos— para lavar su vajilla.
         Este problema de los tres baldes ineludibles constituyó una de sus pesadillas, y tardó un mes en darse cuenta de que le eran indispensables. En los primeros días, naturalmente, había aplazado la limpieza de ollas y platos, que amontonaba uno al lado de otro en el suelo, para limpiarlos todos juntos. Pero después de perder una mañana entera en cuclillas raspando cacerolas quemadas (todas se quemaban), optó por cocinar-comer-fregar, tres sucesivas cosas cuyo deleite tampoco conocen los hombres casados.
         No le quedaba, en verdad, tiempo para nada, máxime en los breves días de invierno. Subercasaux había confiado a los chicos el arreglo de las dos piezas, que ellos desempeñaban bien que mal. Pero no se sentía él mismo con ánimo suficiente para barrer el patio, tarea científica, radial, circular y exclusivamente femenina, que, a pesar de saberla Subercasaux base del bienestar en los ranchos del monte, sobrepasaba su paciencia.
         En esa suelta arena sin remover, convertida en laboratorio de cultivo por el tiempo cruzado de lluvias y sol ardiente, los piques se propagaron de tal modo que se los veía trepar por los pies descalzos de los chicos. Subercasaux, aunque siempre de stromboot, pagaba pesado tributo a los piques. Y rengo casi siempre, debía pasar una hora entera después de almorzar con los pies de su chico entre las manos, en el corredor y salpicado de lluvia o en el patio cegado por el sol. Cuando concluía con el varoncito, le tocaba el turno a sí mismo; y al incorporarse por fin, curvaturado, el nene lo llamaba porque tres nuevos piques le habían taladrado a medias la piel de los pies.
         La mujercita parecía inmune, por ventura; no había modo de que sus uñitas tentaran a los piques, de diez de los cuales siete correspondían de derecho al nene y sólo tres a su padre. Pero estos tres resultaban excesivos para un hombre cuyos pies eran el resorte de su vida montés.
         Los piques son, por lo general, más inofensivos que las víboras, las uras y los mismos barigüis. Caminan empinados por la piel, y de pronto la perforan con gran rapidez, llegan a la carne viva, donde fabrican una bolsita que llenan de huevos. Ni la extracción del pique o la nidada suelen ser molestas, ni sus heridas se echan a perder más de lo necesario. Pero de cien piques limpios hay uno que aporta una infección, y cuidado entonces con ella.
         Subercasaux no lograba reducir una que tenía en un dedo, en el insignificante meñique del pie derecho. De un agujerillo rosa había llegado a una grieta tumefacta y dolorosísima, que bordeaba la uña. Yodo, bicloruro, agua oxigenada, formol, nada había dejado de probar. Se calzaba, sin embargo, pero no salía de casa, y sus inacabables fatigas de monte se reducían ahora, en las tardes de lluvia, a lentos y taciturnos paseos alrededor del patio, cuando al entrar el sol el cielo se despejaba y el bosque, recortado a contraluz como sombra chinesca, se aproximaba en el aire purísimo hasta tocar los mismos ojos.
         Subercasaux reconocía que en otras condiciones de vida habría logrado vencer la infección, la que sólo pedía un poco de descanso. El herido dormía mal, agitado por escalofríos y vivos dolores en las altas horas. Al rayar el día, caía por fin en un sueño pesadísimo, y en ese momento hubiera dado cualquier cosa por quedar en cama hasta las ocho siquiera. Pero el nene seguía en invierno tan madrugador como en verano, y Subercasaux se levantaba achuchado a encender el primus y preparar el café. Luego el almuerzo, el restregar ollas. Y por diversión, al mediodía, la inacabable historia de los piques de su chico.
         —Esto no puede continuar así —acabó por decirse Subercasaux—. Tengo que conseguir a toda costa una muchacha.
         Pero ¿cómo? Durante sus años de casado esta terrible preocupación de la sirvienta había constituido una de sus angustias periódicas. Las muchachas llegaban y se iban, como lo hemos dicho, sin decir por qué, y esto cuando había una dueña de casa. Subercasaux abandonaba todos sus trabajos y por tres días no bajaba del caballo, galopando por las picadas desde Apariciocué a San Ignacio, tras de la más inútil muchacha que quisiera lavar los pañales. Un mediodía, por fin, Subercasaux desembocaba del monte con una aureola de tábanos en la cabeza y el pescuezo del caballo deshilado en sangre; pero triunfante. La muchacha llegaba al día siguiente en ancas de su padre, con un atado; y al mes justo se iba con el mismo atado, a pie. Y Subercasaux dejaba otra vez el machete o la azada para ir a buscar su caballo, que ya sudaba al sol sin moverse.
         Malas aventuras aquellas, que le habían dejado un amargo sabor y que debían comenzar otra vez. ¿Pero hacia dónde? Subercasaux había ya oído en sus noches de insomnio el tronido lejano del bosque, abatido por la lluvia. La primavera suele ser seca en Misiones, y muy lluvioso el invierno. Pero cuando el régimen se invierte —y de esperar en el clima de Misiones—, las nubes precipitan en tres meses un metro de agua, de los mil quinientos milímetros que deben caer en el año.
         Hallábanse ya casi sitiados. El Horqueta, que corta el camino hacia la costa del Paraná, no ofrecía entonces puente alguno y sólo daba paso en el vado carretero, donde el agua caía en espumoso rápido sobre piedras redondas y movedizas, que los caballos pisaban estremecidos. Esto, en tiempos normales; porque cuando el riacho se ponía a recoger las aguas de siete días de temporal, el vado quedaba sumergido bajo cuatro metros de agua veloz, estirada en hondas líneas que se cortaban y enroscaban de pronto en un remolino. Y los pobladores del Yabebirí, detenidos a caballo ante el pajonal inundado, miraban pasar venados muertos, que iban girando sobre sí mismos. Y así por diez o quince días.
         El Horqueta daba aún paso cuando Subercasaux se decidió a salir; pero en su estado, no se atrevía a recorrer a caballo tal distancia. Y en el fondo, hacia el arroyo del Cazador, ¿qué podía hallar?
         Recordó entonces a un muchachón que había tenido una vez, listo y trabajador como pocos, quien le había manifestado riendo, el mismo día de llegar, y mientras fregaba una sartén en el suelo, que él se quedaría un mes, porque su patrón lo necesitaba; pero ni un día más, porque ese no era un trabajo para hombres. El muchacho vivía en la boca del Yabebirí, frente a la isla del Toro; lo cual representaba un serio viaje, porque si el Yabebirí se desciende y se remonta jugando, ocho horas continuas de remo aplastan los dedos de cualquiera que ya no está en tren.
         Subercasaux se decidió, sin embargo. Y a pesar del tiempo amenazante, fue con sus chicos hasta el río, con el aire feliz de quien ve por fin el cielo abierto. Las criaturas besaban a cada instante la mano de su padre, como era hábito en ellos cuando estaban muy contentos. A pesar de sus pies y el resto, Subercasaux conservaba todo su ánimo para sus hijos; pero para éstos era cosa muy distinta atravesar con su piapiá el monte enjambrado de sorpresas y correr luego descalzos a lo largo de la costa, sobre el barro caliente y elástico del Yabebirí.
         Allí les esperaba lo ya previsto: la canoa llena de agua, que fue preciso desagotar con el achicador habitual y con los mates guardabichos que los chicos llevaban siempre en bandolera cuando iban al monte.
         La esperanza de Subercasaux era tan grande que no se inquietó lo necesario ante el aspecto equívoco del agua enturbiada, en un río que habitualmente da fondo claro a los ojos hasta dos metros.
         —Las lluvias —pensó— no se han obstinado aún con el sudeste... Tardará un día o dos en crecer.
         Prosiguieron trabajando. Metidos en el agua a ambos lados de la canoa, baldeaban de firme. Subercasaux, en un principio, no se había atrevido a quitarse las botas, que el lodo profundo retenía al punto de ocasionarle buenos dolores al arrancar el pie. Descalzóse, por fin, y con los pies libres y hundidos como cuñas en el barro pestilente, concluyó de agotar la canoa, la dio vuelta y le limpió los fondos, todo en dos horas de febril actividad.
         Listos, por fin, partieron. Durante una hora la canoa se deslizó más velozmente de lo que el remero hubiera querido. Remaba mal, apoyado en un solo pie, y el talón desnudo herido por el filo del soporte. Y asimismo avanzaba a prisa, porque el Yabebirí corría ya. Los palitos hinchados de burbujas, que comenzaban a orlear los remansos, y el bigote de las pajas atracadas en un raigón hicieron por fin comprender a Subercasaux lo que iba a pasar si demoraba un segundo en virar de proa hacia su puerto.
         Sirvienta, muchacho, ¡descanso, por fin!..., nuevas esperanzas perdidas. Remó, pues, sin perder una palada. Las cuatro horas que empleó en remontar, torturado de angustias y fatiga, un río que había descendido en una hora, bajo una atmósfera tan enrarecida que la respiración anhelaba en vano, sólo él pudo apreciarlas a fondo. Al llegar a su puerto, el agua espumosa y tibia había subido ya dos metros sobre la playa. Y por la canal bajaban a medio hundir ramas secas, cuyas puntas emergían y se hundían balanceándose.
         Los viajeros llegaron al bungalow cuando vya estaba casi oscuro, aunque eran apenas las cuatro, y a tiempo que el cielo, con un solo relámpago desde el cenit al río, descargaba por fin su inmensa provisión de agua. Cenaron enseguida y se acostaron rendidos, bajo el estruendo del cinc que el diluvio martilló toda la noche con implacable violencia.
         Al rayar el día, un hondo escalofrío despertó al dueño de casa. Hasta ese momento había dormido con pesadez de plomo. Contra lo habitual, desde que tenía el dedo herido, apenas le dolía el pie, no obstante las fatigas del día anterior. Echóse encima el impermeable tirado en el respaldo de la cama, y trató de dormir de nuevo.
         Imposible. El frío lo traspasaba. El hielo interior irradiaba hacia afuera, y todos los poros convertidos en agujas de hielo erizadas, de lo que adquiría noción al mínimo roce con su ropa. Apelotonado, recorrido a lo largo de la médula espinal por rítmicas y profundas corrientes de frío, el enfermo vio pasar las horas sin lograr calentarse. Los chicos, felizmente, dormían aún.
         —En el estado en que estoy no se hacen pavadas como la de ayer —se repetía—. Estas son las consecuencias.
         Como un sueño lejano, como una dicha de inapreciable rareza que alguna vez poseyó, se figuraba que podía quedar todo el día en cama, caliente y descansando, por fin, mientras oía en la mesa el ruido de las tazas de café con leche que la sirvienta —aquella primera gran sirvienta— servía a los chicos...
         ¡Quedar en cama hasta las diez, siquiera!... En cuatro horas pasaría la fiebre, y la misma cintura no le dolería tanto... ¿Qué necesitaba, en suma, para curarse? Un poco de descanso, nada más. Él mismo se lo había repetido diez veces...
         Y el día avanzaba, y el enfermo creía oír el feliz ruido de las tazas, entre las pulsaciones profundas de su sien de plomo. ¡Qué dicha oír aquel ruido!... Descansaría un poco, por fin...
         —¡Piapiá!
         —Mi hijo querido...
         —¡Buen día, piapiacito adorado! ¿No te levantaste todavía? Es tarde, piapiá.
         —Sí, mi vida, ya me estaba levantando...
         Y Subercasaux se vistió a prisa, echándose en cara su pereza, que lo había hecho olvidar del café de sus hijos.
         El agua había cesado, por fin, pero sin que el menor soplo de viento barriera la humedad ambiente. A mediodía la lluvia recomenzó, la lluvia tibia, calma y monótona, en que el valle del Horqueta, los sembrados y los pajonales se diluían en una brumosa y tristísima napa de agua.
         Después de almorzar, los chicos se entretuvieron en rehacer su provisión de botes de papel que habían agotado la tarde anterior... hacían cientos de ellos, que acondicionaban unos dentro de otros como cartuchos, listos para ser lanzados en la estela de la canoa, en el próximo viaje. Subercasaux aprovechó la ocasión para tirarse un rato en la cama, donde recuperó enseguida su postura de gatillo, manteniéndose inmóvil con las rodillas subidas hasta el pecho.
         De nuevo, en la sien, sentía un peso enorme que la adhería a la almohada, al punto de que ésta parecía formar parte integrante de su cabeza. ¡Qué bien estaba así! ¡Quedar uno, diez, cien días sin moverse! El murmullo monótono del agua en el cinc lo arrullaba, y en su rumor oía distintamente, hasta arrancarle una sonrisa, el tintineo de los cubiertos que la sirvienta manejaba a toda prisa en la cocina. ¡Qué sirvienta la suya!... Y oía el ruido de los platos, docenas de platos, tazas y ollas que las sirvientas —¡eran diez ahora!— raspaban y flotaban con rapidez vertiginosa. ¡Qué gozo de hallarse bien caliente, por fin, en la cama, sin ninguna, ninguna preocupación!... ¿Cuándo, en qué época anterior había él soñado estar enfermo, con una preocupación terrible?... ¡Qué zonzo había sido!... Y qué bien se está así, oyendo el ruido de centenares de tazas limpísimas...
         —¡Piapiá!
         —Chiquita...
         —¡Ya tengo hambre, piapiá!
         —Sí, chiquita; enseguida...
         Y el enfermo se fue a la lluvia a aprontar el café a sus hijos.
         Sin darse cuenta precisa de lo que había hecho esa tarde, Subercasaux vio llegar la noche con hondo deleite. Recordaba, sí, que el muchacho no había traído esa tarde la leche, y que él había mirado un largo rato su herida, sin percibir en ella nada de particular.
         Cayó en la cama sin desvestirse siquiera, y en breve tiempo la fiebre lo arrebató otra vez. El muchacho que no había llegado con la leche... ¡Qué locura!...
         Con sólo unos días de descanso, con unas horas nada más, se curaría. ¡Claro! ¡Claro!. .. Hay una justicia a pesar de todo... Y también un poquito de recompensa... para quien había querido a sus hijos como él... Pero se levantaría sano. Un hombre puede enfermarse a veces... y necesitar un poco de descanso. ¡Y cómo descansaba ahora, al arrullo de la lluvia en el cinc!... ¿Pero no habría pasado un mes ya?... Debía levantarse.
         El enfermo abrió los ojos. No veía sino tinieblas, agujereadas por puntos fulgurantes que se retraían e hinchaban alternativamente, avanzando hasta sus ojos en velocísimo vaivén.
         “Debo de tener fiebre muy alta” —se dijo el enfermo.
         Y encendió sobre el velador el farol de viento. La mecha, mojada, chisporroteó largo rato, sin que Subercasaux apartara los ojos del techo. De lejos, lejísimo, llegábale el recuerdo de una noche semejante en que él se hallaba muy, muy enfermo... ¡Qué tontería!... Se hallaba sano, porque cuando un hombre nada más que cansado tiene la dicha de oír desde la cama el tintineo vertiginoso del servicio en la cocina, es porque la madre vela por sus hijos...
         Despertóse de nuevo. Vio de reojo el farol encendido, y tras un concentrado esfuerzo de atención, recobró la conciencia de sí mismo.
         En el brazo derecho, desde el codo a la extremidad de los dedos, sentía ahora un dolor profundo. Quiso recoger el brazo y no lo consiguió. Bajó el impermeable, y vio su mano lívida, dibujada de líneas violáceas, helada, muerta. Sin cerrar los ojos, pensó un rato en lo que aquello significaba dentro de sus escalofríos y del roce de los vasos abiertos de su herida con el fango infecto del Yabebirí, y adquirió entonces, nítida y absoluta, la comprensión definitiva de que todo él también se moría —que se estaba muriendo.
         Hízose en su interior un gran silencio, como si la lluvia, los ruidos y el ritmo mismo de las cosas se hubieran retirado bruscamente al infinito. Y como si estuviera ya desprendido de sí mismo, vio a lo lejos de un país un bungalow totalmente interceptado de todo auxilio humano, donde dos criaturas, sin leche y solas, quedaban abandonadas de Dios y de los hombres, en el más inicuo y horrendo de los desamparos.
         Sus hijitos...
         Se hallaba ahora bien, perfectamente bien, descansando.
         Con un supremo esfuerzo pretendió arrancarse a aquella tortura que le hacía palpar hora tras hora, día tras día, el destino de sus adoradas criaturas. Pensaba en vano: la vida tiene fuerzas superiores que nos escapan... Dios provee...
         “¡Pero no tendrán que comer!” —gritaba tumultuosamente su corazón. Y él quedaría allí mismo muerto, asistiendo a aquel horror sin precedentes...
         Mas, a pesar de la lívida luz del día que reflejaba la pared, las tinieblas recomenzaban a absorberlo otra vez con sus vertiginosos puntos blancos, que retrocedían y volvían a latir en sus mismos ojos... ¡Sí! ¡Claro! ¡Había soñado! No debiera ser permitido soñar tales cosas... Ya se iba a levantar, descansado.
         —¡Piapiá!... ¡Piapia!... ¡Mi piapiacito querido!
         —Mi hijo...
         —¿No te vas a levantar hoy, piapiá? Es muy tarde. ¡Tenemos mucha hambre, piapiá!
         —Mi chiquito... No me voy a levantar todavía... Levántense ustedes y coman galleta... Hay dos todavía en la lata... Y vengan después.
         —¿Podemos entrar ya, piapiá?
         —No, querido mío... Después haré el café... Yo los voy a llamar.
         Oyó aún las risas y el parloteo de sus chicos que se levantaban, y después de un rumor in crescendo, un tintineo vertiginoso que irradiaba desde el centro de su cerebro e iba a golpear en ondas rítmicas contra su cráneo dolorosísimo. Y nada mas oyó.
         Abrió otra vez los ojos, y al abrirlos sintió que su cabeza caía hacia la izquierda con una facilidad que le sorprendió. No sentía ya rumor alguno. Sólo una creciente dificultad sin penurias para apreciar la distancia a que estaban los objetos... Y la boca muy abierta para respirar.
         —Chiquitos... Vengan enseguida...
         Precipitadamente, las criaturas aparecieron en la puerta entreabierta; pero ante el farol encendido y la fisonomía de su padre, avanzaron mudos y los ojos muy abiertos.
         El enfermo tuvo aún el valor de sonreír, y los chicos abrieron más los ojos ante aquella mueca.
         —Chiquitos —les dijo Subercasaux, cuando los tuvo a su lado—. Óiganme bien, chiquitos míos, porque ustedes son ya grandes y pueden comprender todo... Voy a morir, chiquitos... Pero no se aflijan... Pronto van a ser ustedes hombres, y serán buenos y honrados... Y se acordarán entonces de su piapiá... Comprendan bien, mis hijitos queridos... Dentro de un rato me moriré, y ustedes no tendrán más padre... Quedarán solitos en casa... Pero no se asusten ni tengan miedo... Y ahora, adiós, hijitos míos... Me van a dar ahora un besot . . Un beso cada uno... Pero ligero, chiquitos... Un beso... a su piapiá...
         —Pero ligero, chiquitos... Un beso...
         Las criaturas salieron sin tocar la puerta entreabierta y fueron a detenerse en su cuarto, ante la llovizna del patio. No se movían de allí. Sólo la mujercita, con una vislumbre de la extensión de lo que acababa de pasar, hacía a ratos pucheros con el brazo en la cara, mientras el nene rascaba distraído el contramarco, sin comprender.
         Ni uno ni otro se atrevían a hacer ruido.
         Pero tampoco les llegaba el menor ruido del cuarto vecino, donde desde hacía tres horas su padre, vestido y calzado bajo el impermeable, yacía muerto a la luz del farol.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Pautas para la segunda prueba

Pautas para la segunda prueba

La propuesta para la segunda prueba implica una o dos instancias, dependiendo de la última calificación del estudiante después del escrito de Dante.
Todos los estudiantes de Artístico deben realizar la propuesta creativa, que para los de Humanistico es opcional.
Quienes tienen calificación 7 o menos deberán hacer también la prueba escrita (y en ese caso la nota de la prueba será un promedio entre ambas).

PRUEBA ESCRITA
Si la calificación es 1, 2, 3 o 4 el estudiante deberá preparar la información y el análisis de las últimas tres unidades trabajadas en clase (cada unidad implica un autor y un texto), si es 5 o 6, las dos últimas, y si es 7 (o más, en Humanístico) preparará solo la última.
Los estudiantes que tengan calificación de 8 o más no tienen que hacer la parte escrita. El día de la prueba vienen a clase y tendrán una tarea grupal para desarrollar con otros compañeros.
Cabe aclarar que esta modalidad de prueba diferenciada no busca castigar a quien hasta ahora no ha alcanzado una buena calificación sino, por el contrario, premiar a quien ha tenido un buen desempeño en el curso.

PROPUESTA CREATIVA
La propuesta es elegir un fragmento de uno de los textos que hemos dado en el curso y crear, a partir de él, una obra nueva, que puede ser: un corto, una animación, una recreación fotográfica, una representación teatral, un audiotexto u otra forma de expresión artística, previa consulta con la profesora.
Debe existir una sólida fundamentación de la propuesta desarrollada; la profesora puede interrogar a cualquier integrante del equipo respecto a sus decisiones artísticas y los por qués de las mismas.
La evaluación de esta propuesta tendrá en cuenta el conocimiento del texto demostrado, la creatividad, el esfuerzo invertido y el ajuste a la tarea solicitada.
No se aceptarán propuestas que impliquen la posibilidad de algún daño para los estudiantes o la institución (es decir, que se espera que no planteen acrobacias peligrosas, ni intervenciones sobre las paredes del liceo, ni ninguna propuesta que no pueda ser desarrollada dentro de los cauces habituales de una clase, con la formalidad propia de una evaluación académica).
Se realizará en forma individual o grupal, con un máximo de cuatro integrantes, que pueden ser de diferentes clases, si lo desean (2DA1, 2DA2, 2DH1, 2DH2). En caso de optar por una creación literaria o plástica (un cuento, un cuadro, una escultura) solo se aceptarán trabajos individuales.
El plazo para presentar esta parte de la prueba tiene como última fecha  el miércoles 23 de Octubre.
Las obras serán presentadas en clase.

Por consultas: laprofedelit@gmail.com
¡Suerte, y a sacar lo mejor de todos!

lunes, 9 de septiembre de 2019

Don Quijote: capítulo 1


El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Capítulo primero
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza...»
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza— sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.



En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que «tantum pellis et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque —según se decía él a sí mesmo— no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar «don Quijote»; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar «Quijada» , y no «Quesada», como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.



domingo, 1 de septiembre de 2019

Información de WILLIAM SHAKESPEARE




5º año: información de WILLIAM SHAKESPEARE

Vivió en el Renacimiento, período cuyo nombre deriva del interés que se despertó por la antigüedad grecolatina y por el conocimiento científico en general. En el plano ideológico, es importante recordar que en esta época se produce el paso del teocentrismo al antropocentrismo: el interés por el hombre y sus posibilidades pasa a un primer plano.
Al igual que en el resto del mundo, las expresiones teatrales tienen un origen religioso. Durante la Edad Media las modalidades fundamentales del teatro eran MILAGROS (representaciones de la vida de los santos), MISTERIOS (historia sagrada) y MORALIDADES (representaciones de carácter alegórico que planteaban la lucha entre el bien y el mal). Hubo también INTERLUDIOS (piezas breves de carácter profano, que criticaban las costumbres de la época para divertir a su público).
Se llama TEATRO ISABELINO a la producción teatral comprendida entre la asunción de Isabel en 1559 y el cierre de los teatros dispuesto por el parlamento en 1642, cuando reinaba Carlos I. Esta época se conoce como la “era isabelina”, donde se pone fin a un período de luchas internas (dinásticas y religiosas) y de conflictos internacionales. A treinta años de su reinado Isabel había logrado robustecer el espíritu de nacionalidad, derrotando a España con la destrucción de la “armada invencible” y logrando la uniformidad religiosa. La economía y la sociedad se hallaban en plena expansión y la cultura se encontraba en su apogeo. La reina se interesó en particular por el desarrollo del arte y la cultura y con ello se produce el auge del teatro.
Este teatro se aparta de dos unidades aristotélicas (de tiempo, de espacio) y su tipo más corriente es aquel donde los personajes luchan contra acontecimientos sobre los cuales no tienen poder. A diferencia de la tragedia clásica, incluye motivos reideros que sirven para relajar la tensión del espectador. El surgimiento de un grupo de autores (entre ellos Shakespeare), llamados “ingenios universitarios” posibilitó un teatro que integrará armónicamente el drama culto y el popular.
El primer edificio teatral se construyó fuera de Londres, porque la iglesia reformada y el partido republicano condenaban al teatro como causa de corrupción y pecado. Las mujeres no podían actuar, lo cual hubiera sido muy mal visto, lo que llevó a que los papeles femeninos estuvieran a cargo de hombres, generalmente adolescentes. Las compañías estaban compuestas por unos quince actores, que a veces llegaron a constituir fuertes sociedades económicas. Estaban autorizadas a actuar con el nombre del noble que les servía de patrón y a ellas se unía a veces un escritor, como en los casos de Shakespeare y Marlowe, quienes escribían exclusivamente para su compañía, que tenía los derechos sobre sus obras.
Al principio, las representaciones se hacían en las posadas, que tenían patios centrales rodeados de galerías. El escenario se colocaba a un extremo del patio. Cuando estas funciones fueron prohibidas hubo que construir locales especiales. En 1576 se edificó en Londres “El Teatro”, al que siguieron “El Telón”, “La Rosa”y “El Globo”, que fue el más conocido, porque Shakespeare fue su copropietario.
Se actuaba al aire libre, sin escenografía pero con un lujoso vestuario. El espectador no tenía, entonces, ayudas visuales para localizar los hechos, lo que explica el rápido cambio de escenas que es característico de este teatro. La importancia residía en el texto de las obras y el peso del espectáculo en el poder de los actores para crear la ilusión.
El edificio teatral era de forma circular o hexagonal, sin techo. Uno de los lados correspondía a la escena y los otros estaban recorridos por una galería, donde se ubicaba parte del público. La escena consistía en una plataforma de poco más de un metro de alto que avanzaba sobre lo que ahora es la platea, separada de los vestuarios por una simple cortina y sin telón al frente, por lo que todos los cambios se hacían a la vista del público. Este escenario, como todo el teatro, tiene tres pisos, cada uno de ellos con un balcón central y dos ventanas a los lados, utilizados para las escenas como la del balcón en “Romeo y Julieta”. Había tres áreas de actuación: en el proscenio se realizaban las batallas, los duelos y las fiestas. En la parte trasera, en una alcoba cubierta por una cortina, se consumaban los adulterios y los fallecimientos. El balcón podía representar lo mismo la habitación de una doncella o las murallas de una fortaleza. Una trampa colocada en el suelo dejaba paso a los espectros y demonios, mientras que del techo (o cielo) descendían los seres celestiales. Como se comprende, un teatro semejante recurría constantemente a la complicidad de los espectadores.
William Shakespeare incursionó en diversas modalidades dentro del género dramático, desde la comedia a la tragedia, pasando por los dramas de carácter histórico, e insertando muchas veces momentos humorísticos o grotescos en medio de lo trágico. Como todo hombre del Renacimiento, recibió la influencia de los autores griegos y latinos, pero fue innovador en cuanto a la estructura formal de sus obras, ya que no se guió por las tres unidades que regían el teatro griego: en sus obras hay frecuentes cambios espaciales y el tiempo transcurre más allá de las 24 hs. establecidas. Hay también una alternancia de los pasajes en prosa y los pasajes en verso por lo que en muchas oportunidades se habla de ellas como “dramas poéticos”.
Atrajo a los más diversos públicos, porque daba a cada uno lo que quería ver. Tal vez una de las razones por las que hoy se sigue representando sea por lo verosímil que resultan sus personajes, con sus contradicciones, sus debilidades y virtudes. Sus obras traen mensajes universales, válidos hasta hoy, pero fueron también representativas de la atmósfera de su tiempo: la magia, lo sobrenatural, la confianza en el hombre, lo engañoso de las apariencias, son temas frecuentes.
Se discutió durante mucho tiempo si Shakespeare fue el autor de los dramas que se estrenaron e imprimieron con su nombre o si fue una pantalla para otro autor que quería permanecer en el anonimato por razones particulares. Se propusieron varios nombres al respecto, ninguno comprobable, y la cuestión quedó de lado.
Este autor no inventó todos los argumentos de sus obras, sino que estos provienen a veces de textos de otros autores, mejorados por él, así como otros derivan de la historia o de las leyendas de su país. Además de las fuentes históricas y literarias es posible señalar la influencia de temas reales, contemporáneos del escritor, que él supo dramatizar.
Para Shakespeare el hombre es la sede de las luchas entre el bien y el mal y el drama es la expresión artística de ese conflicto. La obra de teatro es concebida como el enfrentamiento entre un destino y un carácter que pretende destruir el orden. El individuo es aniquilado por la justicia eterna que le castiga y restablece el orden. Los protagonistas de sus obras son “caracteres”, concebidos con la complejidad y posibilidades de cambio propias de un ser humano, no “tipos”, que serían personajes previsibles, representantes de una pasión o virtud determinada.
El gusto por los elementos sobrenaturales que estaba en todos los espectadores isabelinos fue sabiamente explotado por el poeta. En las brujas, las hadas y fantasmas, se encarna un mundo maravilloso con presencia efectiva en el mundo humano. Era parte de las creencias de Shakespeare y sus espectadores, que frecuentemente veían quemar brujas. El mismo rey, Jacobo, había escrito un tratado sobre demonología. También aparece en las obras de este autor lo maravilloso en forma de alucinaciones, que es la manera dramática de expresar el desorden interior, la angustia o el miedo de los personajes.